#enelcronicasmuseisticasdehoy

29 Jan

veterano

Los ojos del hombre viejo brillan al punto previo de quebrar. Claudia lo mira de reojo, contempla la escena y también se emociona. Su marido Carlos les saca fotos mientras el viejo intenta captar alguna que otra palabra en español. No entiende nada de lo que dice la guía pero sonríe porque está en el lugar que quiere estar. El escenario es el mismo de siempre, el de inagotables historias que quedan guardadas en cada partícula de aire. Turistas por todos lados, diez argentinos, seis brasileños, dos ingleses y él. La Bombonera se impone tan verde tan compacta, tan mítica frente la mirada de todos.

Un puente de amor y paz, dirán más tarde.

El viejo se hizo de Boca mucho antes de que Argentina fuese casi una mala palabra para alguno de los suyos. Un insulto a la identidad. Cayó en la Bombonera de casualidad -un amigo había conseguido entradas a un partido y él fue casi obligado- y desde entonces supo que si había un equipo en el mundo al que quería idolatrar ese iba a ser el del Tano Pernía en el 74. La muerte de Cristo era el inicio de su devoción. Tiempo antes de que Argentina fuese una herida abierta que comenzara a cerrar muchos años después.

Y ahora los ves a los tres sonrientes. Claudia y Carlos, los argentinos que traen al viejo turista de habla inglesa a su puente de amor. Al testigo de su casamiento. Al viejo kelper. Al viejo estanciero que en plena guerra de Malvinas no le tembló la mano cuando rescató de la calle al médico argentino Alberto Phillipi. Y se aguantó las críticas de sus pares por refugiarlo en su casa. Ellos cuentan su historia una y otra vez porque al repetirla el pasado duele menos.
Cuando Carlos abandonó las Islas se prometió volver. Juró no odiarlas por dejar en el camino a más de un amigo, por cambiar su juventud de asados domingueros en familia y después cancha por el olor a pólvora y carne quemada. Y por eso le pidió a Claudia casarse allá, aunque los trámites parecieran no tener fin. Y así se convirtieron en los primeros argentinos en casarse en las Islas Malvinas.

Gracias a internet la pareja se contactó con Tony Blake, el viejo que ahora se saca fotos con la Copa Libertadores y sonríe y es un bostero más en su casa. Carlos le contó que se había emocionado con la historia del médico argentino, que era veterano de la guerra y que sería un honor para él y su mujer que él fuese parte de la construcción del mejor recuerdo.

Tony aceptó sin saber que Carlos también era bostero y que hoy estaría cumpliendo su sueño, el de reencontrarse con esa parte de Argentina previa al caos, con el despertar de una pasión.
Y ahora nos ves a todos ahí. La guía -será que el retiro de Riquelme me tira a hablar de mí en tercera persona- poniendo en palabras eso que Tony sintió en el 74. Con la lluvia que potencia la euforia. Los brasileños que escuchan con atención ese pedazo de historia argentina nefasta y por una vez la discusión de Pelé-Maradona parece perder sentido, los argentinos que amagan con llorar también, los chicos ingleses que como yo, vivimos la Guerra de Malvinas a través de nuestros padres, a través de libros escritos, de relatos subjetivos cargados de dolor, de culpas derivadas. Y Carlos que no para de sonreir. Que no tiene una pizca de bronca en sus ojos negros.

Cada uno con su pasado. Con sus heridas abiertas. Con cicatrices que por momentos parecen cerrar. Mirándonos a los ojos. Contando hasta tres. Gritando un gol que resuena en la Bombonera. Las manos estiradas en alto. Y dale y Dale y Dale boca Dale. Y dale y dale y dale Boca dale, Y dale y Dale y dale Boca Dale. Tony lo hace lento. No porque sus 74 años no le permitan agitar. No porque la pronunciación argentina le cueste un poco. Mueve los brazos lentos como queriendo alentar a Boca para siempre. Como queriendo captar en la memoria este momento en el que tengo la suerte de ser testigo. Una cámara lenta que registra cada movimiento. Argentinos, ingleses, brasileños, kelpers pateando al mismo arco azul y amarillo.El mejor puente de amor y paz.

En el #cronicasmuseisticas de hoy: porque a veces podemos ser cursi

Los ojos del hombre viejo brillan al punto previo de quebrar. Claudia lo mira de reojo, contempla la escena y también se emociona. Su marido Carlos les saca fotos mientras el viejo intenta captar alguna que otra palabra en español. No entiende nada de lo que dice la guía pero sonríe porque está en el lugar que quiere estar. El escenario es el mismo de siempre, el de inagotables historias que quedan guardadas en cada partícula de aire. Turistas por todos lados, diez argentinos, seis brasileños, dos ingleses y él. La Bombonera se impone tan verde tan compacta, tan mítica frente la mirada de todos.

Un puente de amor y paz, dirán más tarde.

El viejo se hizo de Boca mucho antes de que Argentina fuese casi una mala palabra para alguno de los suyos. Un insulto a la identidad. Cayó en la Bombonera de casualidad -un amigo había conseguido entradas a un partido y él fue casi obligado- y desde entonces supo que si había un equipo en el mundo al que quería idolatrar ese iba a ser el del Tano Pernía en el 74. La muerte de Cristo era el inicio de su devoción. Tiempo antes de que Argentina fuese una herida abierta que comenzara a cerrar muchos años después.

Y ahora los ves a los tres sonrientes. Claudia y Carlos, los argentinos que traen al viejo turista de habla inglesa a su puente de amor. Al testigo de su casamiento. Al viejo kelper. Al viejo estanciero que en plena guerra de Malvinas no le tembló la mano cuando rescató de la calle al médico argentino Alberto Phillipi. Y se aguantó las críticas de sus pares por refugiarlo en su casa. Ellos cuentan su historia una y otra vez porque al repetirla el pasado duele menos. 
 Cuando Carlos abandonó las Islas se prometió volver. Juró no odiarlas por dejar en el camino a más de un amigo, por cambiar su juventud de asados domingueros en familia y después cancha por el olor a pólvora y carne quemada. Y por eso le pidió a Claudia casarse allá, aunque los trámites parecieran no tener fin. Y así se convirtieron en los primeros argentinos en casarse en las Islas Malvinas.

Gracias a internet la pareja se contactó con Tony Blake, el viejo que ahora se saca fotos con la Copa Libertadores y sonríe y es un bostero más en su casa. Carlos le contó que se había emocionado con la historia del médico argentino, que era veterano de la guerra y que sería un honor para él y su mujer que él fuese parte de la construcción del mejor recuerdo.

Tony aceptó sin saber que Carlos también era bostero y que hoy estaría cumpliendo su sueño, el de reencontrarse con esa parte de Argentina previa al caos, con el despertar de una pasión.
Y ahora nos ves a todos ahí. La guía -será que el retiro de Riquelme me tira a hablar de mí en tercera persona- poniendo en palabras eso que Tony sintió en el 74. Con la lluvia que potencia la euforia. Los brasileños que escuchan con atención ese pedazo de historia argentina nefasta y por una vez la discusión de Pelé-Maradona parece perder sentido, los argentinos que amagan con llorar también, los  chicos ingleses que como yo, vivimos la Guerra de Malvinas a través de nuestros padres, a través de libros escritos, de relatos subjetivos cargados de dolor, de culpas derivadas. Y Carlos que no para de sonreir. Que no tiene una pizca de bronca en sus ojos negros.

Cada uno con su pasado. Con sus heridas abiertas. Con cicatrices que por momentos parecen cerrar. Mirándonos a los ojos. Contando hasta tres. Gritando un gol que resuena en la Bombonera. Las manos estiradas en alto. Y dale y Dale y Dale boca Dale. Y dale y dale y dale Boca dale, Y dale y Dale y dale Boca Dale. Tony lo hace lento. No porque sus 74 años no le permitan agitar. No porque la pronunciación argentina le cueste un poco. Mueve los brazos lentos como queriendo alentar a Boca para siempre. Como queriendo captar en la memoria este momento en el que tengo la suerte de ser testigo. Una cámara lenta que registra cada movimiento. Argentinos, ingleses, brasileños, kelpers pateando al mismo arco azul y amarillo.El mejor puente de amor y paz.

A dos horas -ficción

31 Jul

Diluyo el tiempo en recuerdos felices, en medialunas secas remojadas en café con leche, mientras te espero sola en este territorio neutro que es un bar de Palermo. Faltan dos horas para que te sientes, me pidas un té que no voy a querer tomar, me des la mano y me preguntes qué nos pasó. Y ahí yo me largue a llorar y te diga que te perdono pero que por favor no nos lastimemos más.

Escribo para no llorar. Siempre fui la de la mesa de al lado que escuchaba cómo otros se partían el corazón. No voy a darte el gusto de ser partícipe de este acting entretenido para ninguna mesa de al lado ni de en frente ni de nada.

Y es que quiero pensar en esa primera salida en la cancha de All Boys y cómo me agarraste por la cintura para no salir rodando en la avalancha, pero entonces te veo chamuyándote a esa trola y te quiero matar. Decime qué le ves. ¿Entregó el culo en la primera?¿es eso, Agustín? Agustin Viamonte. Casi casi nombre de calle. Mi vida, mi amor. No te entiendo.¿Es el bebé que no nació? Yo sé que lo hacés a propósito. Que te acostás con la otra para que te deje. Porque me querés feliz y vos sos una mierda que en el fondo me quiere. Pero vamos Agustin. ¿Cortarme en un bar? Me hubieras llamado por teléfono y me ahorraba un par de calorías.

Lo charlé una, dos, tres, cuatro, no sé cuántas veces con la psicóloga. Sé que te perdono pero no puedo olvidar. Te me largaste a llorar como una nenita cuando me la di de poeta y te escribí esa carta en tu cumpleaños. Mi amor te amo, me dijiste entrecortado por las lágrimas. Y yo desmoronándome de ternura por tu sensibilidad berreta. Pasó algo, seguiste. Pasó qué, hijo de tu reputísima madre. Pasó que te pusiste en pedo y te la garchaste. Pasó que como siempre creés que el alcohol justifica las cosas. No, Agustin. No soy tu mamá. Y leo esto y no te perdono una mierda.

Todavía recuerdo el mail de tu vieja pidiéndome que te perdonara porque tu viejo era alcohólico y tu abuelo también. ¿Cuántos años tenés, Agustin? Muy grande para embarazarme, para obligarme a abortar, pero no lo suficiente para dejar a tu mamá fuera de lo nuestro. Y ahora estoy en un bar sola, atragantándome en glucosa para desatar el nudo que ni me deja pedir la cuenta, mientras vos seguramente estás hablando con ella, diciéndole que hoy hablás conmigo para poner punto final. Es culpa de tus ojos grises. Esos ojos grises que tanto odio por creerlos transparentes y qué mentirosamente falsos son. ¿Alguna vez me quisiste, pitu? ¿hubo algún te amo real? Está sonando Cerati y qué puta casualidad. Decir Adios es crecer. Pero yo no quiero crecer. Ni quiero extrañarte los domingos a la tarde. A quién voy a abrazar en el cine, en la cama con las tormentas eléctricas de fondo si vos y yo no estamos más. ¿Acaso estamos? ¿Somos? Vos que lo charlás todo con tu vieja, ¿qué son la trola y vos?Mandale saludos a tu mamá. ¿A ella también le va a regalar las tangas transparentes?

Te juro que es mala mina. Te juro que no le importás. Sos feo, no ganás un mango, y encima mal novio. Es obvio que en unos días se va a cansar. Y vos arriesgando ocho años para esto. Hace una semana estabas en el velatorio de mi abuelo, abrazando a mi papá..nunca me gustó eso de tener al muerto a la vista de todos, frígido y ausente. Pero él te quería. Pobre abuelo, no hubiese querido vernos acá. Le prometiste que me ibas a cuidar. Me prometiste que nunca más te ibas a encamar con nadie. Y de nuevo me mentiste. Encima de mentiroso, pelotudo. Como si venir de la fuente directa lo hiciera todo más sincero. Duele doble, Agustin. A ver si la tarada esa fea te aguanta tus grititos, tus cachetadas en la mínima discusión. ¿Ella también juega a hippie? ¿se van a ir a hacer trenzas a Brasil? ¿Cuántos hijos le vas a matar, Agustin? Yo solo quería ayudarte. Yo solo quería hacerte mejor persona de lo que tu viejo fue con vos. Y no te rías cuando te digo que vas a morirte solo, borracho y sin dientes porque es la verdad. Jodete por elegir mal. Jodete por acabar donde no tenías que acabar. Jodete por a tus treinta años no manejar tu ansiedad, egoísta de mierda. Por desangrarme en un consultorio lleno de moscas sin que mi familia se enterara.

Falta una hora para que te aparezcas, me des un beso en el cachete, me acomodes el pelo detrás de la oreja, me digas sin levantar la vista del tostado que lo nuestro no da para más, yo llore diciéndote que te perdono todo, los nueve meses que no fueron, los moretones detrás del maquillaje, tus noches con la vecina, con la prima de tu amigo, con esta forra de ahora, y entonces nos vayamos a la cama, ahí donde ya ni siquiera nos entendemos, nos quedemos dormidos espalda contra espalda para la mañana siguiente levantarnos y que le cuentes a ella que no pudiste terminar conmigo, que te de más tiempo, y yo como una imbécil viendo tu última conexión por whatsapp, llorando porque no me hablás. O bien podría levantarme, pagar y desaparecer. Pero entonces la sacarías fácil y no es justo. Ahora sufrí vos el parto que yo no pude tener.

Crónica de una bostera en el Azteca: un Superclásico distinto

5 Jun

Es una ficción. Es una representación mal lograda de lo que es Boca-River. Una falta de respeto a la mística que nos dio una fama que tal vez no merecemos. No me pidas objetividad. Soy hincha de Boca y vengo a contar mi indignación.

 

Del Estadio Azteca siempre me va a quedar la canción de Calamaro. Y el relato de la mano de Dios y del segundo gol a los ingleses y el Diego levantando la Copa. No era conciente de sus dimensiones hasta que lo pisé por primera vez en el 2006, cuando me mudé a México. Jugaba el América y el estadio, enorme, capacidad para cien mil personas, no se había llenado ni por la mitad. A diferencia de Andrés, no me quedé muda. Era un estadio enorme para un equipo que no lo llenaba, para una hinchada que no cantaba, que tocaba vuvuzelas y de vez en cuando hacía la ola. Demasiado Estadio para ese club.

 

Si Boca jugara ahí. Volví dos veces más, sectores distintos. La misma cosa. La acústica de lugar, la forma de vivir el fútbol, había algo que hacía que no pudiera deleitarme ante esa cancha. Cinco años más tarde regresé a Argentina y me hice socia de Boca. Y ahí comprobé eso que es mucho más que un slogan en las banderas: la bombonera no tiembla, late.

 

Tengo un papá enfermo de Boca. Tan enfermo que viaja por el mundo siguiendo al equipo. Brasil, Chile,  Colombia, Japón y ahora México. Hubo un día en que un periodista de un diario inglés escribió que nadie podía morir sin ver un Boca-River en la Bombonera y ese día, sin saberlo, el hombre ayudó a que una empresa de marketing deportivo organizara superclásicos en cualquier parte del mundo. Los hinchas creemos que cualquiera que le guste el fútbol daría cualquier cosa por ir.  La empresa World Eleven organizó un Superclásico amistoso en el Azteca (Iba a hacerse en Cancún, pero los argentinos viviendo en México insistieron en que se jugara en el DF) y creo que la cuarta podría ser la vencida. Por fin se va a despertar el Estadio, porque somos la mitad más uno y el carnaval. Y como quiero vivirlo, me voy con él.

*****

“Esta lluvia de mierda no puede parar. Son los de River, que no paran de llorar”

31 de mayo, 2014. Las primaveras en el DF son así. Sol a la mañana, lluvia a la tarde. Faltan dos horas para que se juegue el Boca-River en el Estadio Azteca y el clima no parece querer mejorar.  Sí. Un Boca- River en México, un amistoso. Aunque se sabe que no hay superclásico amistoso para el hincha de estos dos equipos. Y la lluvia que potencia los cánticos de las hinchadas, el escenario ideal.

 

El hotel donde concentran los jugadores de Boca se llena de fanáticos a la espera de sacarse una foto con el primer jugador que se aparezca. Argentinos viviendo en México, argentinos y extranjeros viviendo en países vecinos, mexicanos que se enamoraron de los colores cuando Boca jugó en tierra azteca y desde entonces lo siguen a todas partes. Como Conrado Cruz, que es hincha desde que conoció la locura de Gatti. Viaja por todo México con tal de ver al equipo. Cuenta que el día que Boca jugó contra Atlas en el 2008 nació su hijo. Y que al gritar el primer gol de Palermo despertó a toda la gente internada en el sanatorio. A partir de ahí sus hijos y la gorra con el número doce que hoy lleva puesta son su cábala. En un rato, después de la foto con Bianchi, sale al estadio.

 

Me pregunto si habrá gente en el hotel donde está River. Viví cinco años en México y nunca vi una camiseta del club. Sí vi de Boca, en todos los estados que estuve. Palpito un estadio Azteca azul y oro.

Afuera no se respira superclásico. Es entendible, 100,000 personas de diez millones pasamos desapercibidos. A medida que me acerco al estadio las calles aledañas se llenan de hombres que venden banderas que pocos compran. Banderas que dicen Boca Junior sin la s final, banderas de river tricolores (rojo-blanco-negro). Acá los que ganan son los vendedores de pilotos, la lluvia cada vez es más intensa.

Primer indicio de que la noche va a ser distinta. Hay una sola entrada para que ingresen todos. Hinchas de River y de Boca por una misma puerta. Le cuento al taxista que en mi país eso es imposible. Que es necesario cortar calles para que nadie se cruce y haya problemas. Sin embargo, en el estacionamiento del lugar veo pocas camisetas de Boca y muchos Borrachos del Tablón. Y cuando digo muchos, digo como sesenta tipos de la barra de River que viajaron especialmente para este partido. Y por eso decido mojarme y me guardo en la cartera la campera de Boca que traigo conmigo. Los mexicanos no se dan cuenta, caminan como si no hubiese ningún peligro y en el fondo no lo hay.  Veo a un hombre con la camiseta de Boca caminando de la mano con su hijo, que tiene la de River.  Una postal de esas para combatir la violencia en el fútbol.

Una vez adentro de la cancha, plateas bajas atrás de uno de los arcos-donde se supone van los hinchas de Boca- me llevo la gran sorpresa. El Estadio no llenó ni un cuarto de su capacidad. Enorme, con todas las comodidades, pero semi vacío. Debe ser por la hora, pienso. Con esta lluvia van a llegar todos justo. Sobre todo la 12, con los bombos y trompetas y la fiesta xeneize. Pero pasan los minutos y apenas se llena. En mi sector, con una capacidad de cuatro mil personas, no llegamos a ser cien, y hay esparcidos por ahí varios mexicanos valientes con la camiseta contraria. Miro a mi alrededor y la misma historia. Qué inmensa resultó ser esta cancha. En frente están los Borrachos, y aunque sean solo 60 se hacen escuchar.  Y me da bronca. Dónde está la 12. La 12 no viajó. Esta especie de exhibición de lo que es un superclásico es una farsa. Seremos quince mil personas para un partido que suele convocar muchas más. No hoy.

 

Lo que pasa en el campo de juego es más de lo mismo. Equipos sin sus grandes figuras jugando a nada. Pero el hincha es así. Aunque ahí abajo se tomen las cosas con calma, arriba en la tribuna todo es cosa seria. Alentar es cosa seria. Y por eso a falta de la barra que nos marque el ritmo, cantamos todo el repertorio, que claro, se pierde en la lluvia, en el espacio casi vacío,  en la bandeja de arriba que es la popular, en los bombos de la hinchada contraria.

 

Me falta el olor a choripán. Las banderas. Los papelitos. Me falta el pique. Los hinchas mexicanos a mi lado cantan como si todos los domingos fueran a la cancha. Pero no se saben ni la mitad de los nombres de la formación de hoy. Entre River decime que se siente y el que no salta se fue a la B, le cantan culero-culero al árbitro cuando amaga cobrar un penal. Y la cerveza. Bendito sea nuestro fútbol que no permite la cerveza dentro de los estadios. En esta tribuna hay suficiente cerveza para empedarse y revolear al aire con cada jugada. Así es como vuelvo a casa después. Mojada por la lluvia y por la bebida del mexicano de al lado que cayó directo en mi cabeza en el gol de Riaño.

 

Me siento en una película yankee, casi en un partido de hockey sobre hielo, donde las pantallas dentro del estadio señalan al público y encierran a las parejas con corazones para que se besen. Sí. Eso mismo se está haciendo en el Superclásico del fútbol argentino. No sé quién maneja esta pantalla pero de alguna manera nos perjudica, desvirtúa el clásico más importante de fútbol argentino. Aunque sea un amistoso. No enfoca al hincha desaforado que desborda en pasión sino  a la chica absorta en su celular, al grupo de amigos brindando y charlando de cualquier cosa de espaldas al partido.

 

Cualquiera que no sepa nada de fútbol no entendería que esto es un Boca-River. Parece un amistoso de equipos de Trinidad y Tobago. Es una ficción. Una ficción donde hinchas del América, del Pumas, del Necaxa, del Cruz Azul o Chivas se disfrazan de un lado de azul y amarillo y del otro rojo y blanco. Algunos juegan a ser barras y buscan bardo solo para creerse parte del relato que a ellos también les contaron. Y entonces ves al pibito de al lado, el mismo que me tiró la cerveza, tirar las tapas de la botella al chico que se encuentra adelante, con la camiseta de River.  El de River no hace nada, sabe que está solo en medio de supuestos hinchas de Boca- los verdaderos están más ocupados viendo el partido- totalmente alcoholizados. Se banca las tapitas y las servilletas bañadas en cerveza que vienen después. Canten putos, grita este pseudo barra a quienes tiene atrás, con un nuevo vaso de birra en la mano y una pizza de Domino’s en la otra. Si te viera la 12, papá.

Los borrachos siguen, es lo más real que tiene este superclásico, que de super no tiene nada. Rematamos la noche, empatada a uno, con los penales y el Chiqui Pérez pateándolo afuera y Forlin a las manos del arquero. Una derrota más.

 

Como es de costumbre, finalizado el partido  aplaudo a mi equipo y espero a que se vaya al vestuario para recién salir yo. Y cuando doy media vuelta, derecho a la salida, veo que de arriba un grupo de mexicanos antiboca empiezan a cantar en contra nuestro. “ Y dónde están y dónde están esos pinches de Boca que nos iban a ganar”. Ni un estadio lleno, ni una fiesta, ni buen fútbol. Será que nos sobrevaloramos o acá no entienden nada.

Del Estadio Azteca siempre me va a quedar la canción de Calamaro. Y el relato de la mano de Dios y del segundo gol a los ingleses y el Diego levantando la Copa. Las tres veces que vi al América con su hinchada haciendo olas y las vuvuzelas que aturden los oídos. Pero sobre todo me queda el recuerdo de haber prostituido nuestro folclore, nuestro evento deportivo más sagrado, en pos de un marketing mal logrado. Y del cual, ingenua, bajo el yo te sigo a todas partes a donde vas, local o visitante yo te vengo a ver y somos el pueblo y el carnaval, decidí ser parte. Y volvería a serlo mil veces más.

Aires trovadores en el Gran Rex (Devendra Banhart, 20 de nov)

24 Nov

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El hombre que se presenta en un teatro vestido de camisa y saco oscuro con pantalones pegados a los pies, bigote crecido y pelo corto no engaña a nadie.

Detrás de esa vestimenta dandy esconde al desestructurado que siempre fue. Devendra Banhart aterrizó una vez más en Argentina para presentar su nuevo album “Mala” y para demostrarle al público, que arreglos más, arreglos menos conserva el espíritu lúdico que tanto lo singulariza.

Con Rodrigo Amarante de telonero, la noche empezó a tomar los tintes de la bossa latinoamericana presente también en su sucesor. Ovacionado por un público joven -en su mayoría mujeres con esos raros peinados nuevos- se fue del escenario dejando en el ambiente un clima veraniego de total disfrute (A los pocos minutos regresaría como parte de la banda). Entonces bajo ese clima recreado, un tanto caribeño, empezaron a sonar los primeros acordes de Golden Girls, la canción introductoria de su nuevo disco, con tan solo un minuto y medio de duración donde se invita de manera un poco bajonera a bailar (Get on the dance floor).

A ésta le siguió Baby, de su disco What will be, siguiendo con Brindo del mismo. Caracterizado por interactuar con el público, expresó estar muy contento con su vuelta a Argentina a lo cual una fanática le gritó que ella le prestaba la casa para que se quedara a vivir. Entre risas, como ya había ocurrido cuando se presentó en Niceto hace dos años, tocó un fragmento de “Santa María da Feira” que no terminó por “no saber cómo tocarlo en vivo”.

Entre tema y tema se podía escuchar a parte del público gritando que subieran a la voz, que no se escuchaba nada. Una, dos, tres veces gritaron hasta que Devendra ironizó que el problema no era el sonido, sino su voz, él, acostumbrado a susurrar notas rasposas y falsetes agudos para después dar el golpe.

Devendra Banhart probablemente sea el único músico que puede poner cara de borracho, bailar de forma ridícula y aun así hipnotizar a quien tiene enfrente. Incasillable en un género el trovador estadounidense de madre venezolana tocó todos sus hits: desde la bossa y el tropicalismo, el indie rock hasta el freak folk, como lo catalogan algunos, hizo un recorrido por su discografía para cerrar la noche con Carmensita.

Capaz de generar climas de absoluta intimidad (muchas veces él solo con su guitarra), en ese último tema se rompió con la lógica teatral de todos sentados en silencio admirando al artista para dar lugar a que el público se parara a bailar al compás del ritmo latinoamericano. Un Devendra Banhart que, desde su nombre hace de lo exótico y la confluencia de estilos una marca registrada, se despidió por tercera vez de nuestro país. Ojalá vuelva pronto para deleitarnos con sus música multifacética y excentricidades de hippie modernizado.

SETLIST

  1. Golden Girls

  2. Baby

  3. Brindo

  4. Daniel

  5. Bad Girl

  6. Seahorse

  7. Something French

  8. Quédate Luna

  9. The Body Breaks

  10. A Sight To Behold

  11. Little Yellow Spider

  12. At the Hop

  13. Niño Muerto

  14. Mi Negrita

  15. Never Seen Such Good Things

  16. Shabop Shalom

  17. Hatchet Wound

  18. I Feel Just Like a Child

  19. Cristobal Risquez

  20. Your Fine Petting Duck

  21. Encore:

  22. Carmensita

Lo que el Quilmes dejó: Blur

12 Nov

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Del Parque de la Ciudad quedaron la Montaña rusa Aconcagua y la Gran Rueda doble Scorpion oxidadas, estigmas de una infancia dictatorial que lograron sobrevivir. La torre blanca se alza en el cielo y oficia de punto de referencia a la hora de llegar ahí. Ya ni siquiera conserva su nombre. El Parque de la Ciudad se ha convertido en “La Ciudad del Rock” y debuta con la segunda fecha del Quilmes, hoy, 2 de noviembre, devenida en primera a causa de la lluvias que debieron reprogramar el festival.

 

Llegar al predio, con sus kilómetros de pasto y cemento, no suponía ser difícil a no ser porque a pocas cuadras del lugar en cuestión se ha decidido armar una maratón de bicicletas y las calles aledañas están cortadas. Dejarse llevar por el camino no señalizado, seguir con la vista la torre, bordear la 11-14 para finalmente ver la luz.

 

En la entrada del parque un hombre corta la entrada del estacionamiento y te indica dónde dejar el auto. “Nos vemos en la villa”, se despide. Bienvenidos al Quilmes Rock más Nac and Pop de la historia, con solo dos bandas internacionales en todo su “lineup”.

 

Super Ratones, Bicicletas y Richard Coleman son la antesala a un recital que promete. Así pasan las horas, entre el sol que asoma entre las nubes, pogos tímidos y adolescentes que anticipan los gritos desaforados y agudos hacia el vocalista británico, a sus 45 años todavía un sex symbol.

 

Son las siete y media de la tarde, el cielo anaranjado a minutos de volverse negro. Pareciera  ser que a medida que cae la noche aumenta el rock. Salen al escenario los mexicanos Café Tacvba, repasan todos sus clásicos, piden abrazos colectivos y hasta dedican palabras en contra de la explotación de Shell en el Ártico. El público se enciende, baila, pide más.

 

Pero no hay tiempo. Hay que empezar a preparar el escenario para que la banda de Inglaterra toque. En tiempos donde músicos ya vintage se reúnen para realizar giras con temas pasados, el reencuentro de Blur es digno de celebrar. Segunda vez en Argentina (la primera en 1999), los años pasaron para todos menos para ellos.

 

Entonces suena Girls and Boys, con la potencia que solo la música en vivo puede ofrecer. La energía de siempre, ese rock irreverente que canta a la vida cotidiana de los 90 y jóvenes que probablemente no habían nacido cuando éstos estaban en su cumbre gritan  “Ole lelé Olala Oasis se la come, Blur se la da”. La torre que despliega luces de colores, los juegos de fondo, el aire libre, el sonido britpopero, cantitos de rivalidades innecesarias, por momentos se pierde el sentido de tiempo y ubicación. Y la inercia que te lleva a estar saltando en medio del campo, producto de un hit tras otro, sumergidos en el olor a porro de adolescentes a punto de salir desmayados, ratifica una vez más la vitalidad de Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree, que se desplazan por el escenario como si tuvieran ruedas atadas a los pies.

 

Una hora y media es suficiente para repasar todo su repertorio. En el medio, Albarn sube al escenario a una mujer rubia que alza en sus manos un cartel que dice que es su sueño cantar Tender con ellos. La banda lo cumple y sigue el show alternando ritmos eufóricos con baladas (dnfaltable The Universal) y hasta se permiten homenajear al fallecido Lou Reed.

Y con el pasar de los temas uno intuye que es el final. Cuando escuchás los primeros acordes de “Song 2” confirmás lo esperado. Una mezcla de sentimientos invade el predio. Por un lado se sabe que el pogo va a estallar y empieza a asomar el sabor amargo posrecital. Las luces se apagan y los músicos salen de escena.  Por unos minutos todos esperan, la esperanza es lo último que se pierde dicen por ahí, a que vuelvan a tocar aunque sea ese último tema de un cd olvidado. Pero no. Es hora de dar media vuelta y retomar el camino antes recorrido.

 

La salida es ardua y lenta. En masa caminan todos con cuidado hundiéndose en el barro que la lluvia dejó. Tender se convierte en el himno que acompaña la evacuación. Todos cantan su estribillo a capela. Atrás quedarán la salida dificultosa del estacionamiento minado de autos, los colectivos que nunca llegaron, los taxis compartidos  que cobraron fortunas para devolverte al centro. Todas fallas anecdóticas para lo que fue un gran show.

Setlist

 

  1. Girls & Boys

  2. Popscene

  3. There’s No Other Way

  4. Beetlebum

  5. Out of Time

  6. Trimm Trabb

  7. Caramel

  8. Coffee & TV

  9. (Satelite of Love by Lou Reed outro)

  10. Tender

  11. (Fan brought up on stage to … more)

  12. To the End

  13. Country House

  14. Parklife

  15. (with Phil Daniels)

  16. End of a Century

  17. This Is a Low

Encore:

  1. Under the Westway

  2. For Tomorrow

  3. The Universal

  4. Song 2

Crítica: Aires de provincia

7 Oct

 

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Título: El viento que arrasa

Autor: Selva Almada

Editorial: Mardulce

Género: Ficción

Páginas: 160

Precio: $ 85

“El hombre mayor, a quien su padre le presentó como el señor Brauer, era un tipo muy alto, con unos bigotes colorados con forma de herradura que le bajaban casi hasta el mentón, vestía unos vaqueros engrasados y una camisa abierta en el pecho”.

 

Pareciera ser una traducción de algún libro de un autor estadounidense que cuenta una historia  ambientada en el sur de su país. El Viento que arrasa, la primera novela de la entrerriana Selva Almada es un viaje lleno de flashbacks, en donde dos mundos aparentemente distintos chocan para finalmente alinearse en la misma sintonía.

 

El Reverendo Pearson y su hija Leni, de 16 años, viajan al norte de Argentina para encontrarse con un viejo amigo del religioso. En el medio del camino su auto se descompone y es llevado al taller del Gringo Brauer, un mecánico que tiene a su cuidado a Tapioca, un niño de la misma edad que la hija del Reverendo.

 

La historia, que comienza y termina en ese sólo día, tiene como punto fuerte los diálogos que entablan sus personajes. La tormenta que se avecina anuncia la explosión de la tensión acumulada a lo largo del relato entre el Gringo y el Reverendo, quien quiere llevarse en el viaje a Tapioca porque considera que el joven es el indicado a “seguir el camino de Dios”. Cuando finalmente se larga a llover, la diplomacia se hace a un lado para dar lugar a una  hilarante batalla campal entre estos dos personajes.

 

Hay en El Viento que arrasa recuerdos de ruta de la autora, donde infancia y adolescencia dejan entrever aires del interior, de climas cálidos en medio del silencio. Literatura de provincia, si es que esa categoría existe. Y en el medio de los recuerdos, del calor que sofoca, los autos que se apilan en un rincón, entre un surtidor de combustible y muchísima tierra, el viento. El viento aglutinante del ayer y el hoy. En un lugar donde no parece pasar nunca nada, donde todos miran para atrás, el viento avanza: capaz de llevarse las palabras, de “envolver todo en un sopor infernal”, de “propagar el fuego que arrasará el mundo con el amor de Jesús”, el viento que trae canciones, el viento que cambia y anuncia la tormenta y te deja en la soledad.

 

Los dos hombres aparentan ser diferentes pero están unidos en más de un sentido: en recuerdos de muerte, en el abandono, unidos en creencias -el Gringo ferviente adepto a la naturaleza y sus leyes, el Reverendo a la religión- pero creencias al fin, alejados de alguna manera, a la única persona que tienen consigo. Intercala la historia con discursos del Reverendo, de una épica discursiva digna del gran orador que se jacta ser; ahí toca temas como la violencia doméstica, alcoholismo, la enfermedad y deja asomar la doble moral que muchas veces está presente en la Iglesia.

 

El narrador omnisciente busca inmiscuirse en la psiquis de cada personaje y adoptar su propio lenguaje, aunque más no sea con una sola expresión que se reitera a lo largo del relato. Cuenta los hechos en tercera persona pero con la voz de ellos, sus modismos al punto de convertirse de cierta forma en el pensamiento del personaje mismo.

 

Un lenguaje neutro (falda, sudor) que lleva la lectura a un plano donde la geografía del lugar donde se sitúa la historia no tiene nombre propio sino que puede ser en cualquier lado del mundo donde se presenta el mismo escenario.

 

Elegido el libro del año en el 2012 por la Revista Ñ, El Viento que arrasa ofrece una literatura rural que hacía tiempo no hacía eco en las librerías. Hasta hoy.

Panamericana

5 Oct
La rectitud del camino gris hacia la anulación del sentido, y el tiempo que pasa lento, no le importa aburrir.
Y en ese inapropiado sueño que asoma justo cuando te va a cerrar los ojos en medio de la ruta pisoteada por la rutina indiferente hay un programador que se solidariza con tu voluntad expropiada y te hace escuchar un Here comes the sun beatlero que te transporta a primaveras pasadas, llenas de color, a un Moby vestido de astronauta, a tiempos sin tiempo, sin responsabilidades más que reir mucho y pasarla bien, cuando decir boludo era mala palabra y el amor se inmiscuía en miradas fugaces de delantales verdes, en guiños de recreos llenos de alfajor con cindor, tan transparente y real.Entonces pasás por debajo del puente rojo y sabés que lo que viene después es más de lo mismo, querés escapar, retroceder, volver al punto cero de los primeros pasos, pero una fuerza mayor se interpone para encerrarte en la mañana lluviosa que solo reduce tus ansias a un café bien caliente y un corte de luz.