Archive | March, 2011

Cuento: El Árbol

26 Mar

 

Atado a sus raíces que tanto lo definen, y sin embargo, lo reprimen terriblemente.

Él escucha todo y por más que quiera, no puede decir nada. Mirá sus brazos, cómo se interponen unos a los otros, se enreda y lastima a sí mismo, llora y no consigue exteriorizar su dolor. Fijáte sus uñas tan largas, cómo se rasguña en aquel acto de impotencia por no encontrar todavía, la forma de escapar de su destino.

A orillas del río se cuestiona el origen de su apodo. Nadie lo llama por  Salix babylonica, su verdadero nombre. En cambio, la gente prefiere recordarle constantemente que es un llorón, aunque nunca haya derramado una lágrima de sus ojos. Y no porque no quiera eh, simplemente no puede. La tierra fértil pero mojada es un amenaza a quienes intentan estar parados sobre ella y los desafortunados que no tienen la dicha de conocerlo temen por su estabilidad.

Si tan sólo lograra desprenderse de aquellas malditas raíces que crecen y crecen y no dejan de crecer. Si pudiera separarse de ellas, olvidarse de su existencia, tal vez pudiera respirar profundo, conocer, y al instante experimentar la libertad.

Dejaría el condicionamiento de lado y pasaría a un mundo nuevo como si se tratase de un bebé recién nacido, puro, con la mente en blanco y sin ningún prejuicio formado. Vería con otros ojos lo que estaba acostumbrado a ver, sentiría con más intensidad que nunca el cantar de los pájaros, el olor del aire, y se aventuraría a lo desconocido; eso que siempre supo que existía pero que jamás pudo afrontar dada su estaticidad petrificada.

Pero ellas ahí están, son su cable a tierra. Es difícil desprenderse de ellas cuando éstas lo vieron crecer, lo definieron y le dieron una identidad con la que tuvo que aprender a vivir. Una identidad que lo condiciona en extremo y no le permite ver más allá de lo que fue moldeado para ver; me retracto, para ser.

Se siente solo pese a estar rodeado de decenas de compañeros que comparten las mismas preocupaciones que él. Quisiera caminar algunos metros a la derecha para poder tenderle alguna de sus tantas manos a aquel hermano  que inmóvil, se está quedando calvo. Levantar del piso su pelo y devolvérselo para que éste, sin dejar el glamour de lado y se peine como quiera, se abrigue del frío escandaloso.

O resguardarse de aquellas noches de tormenta, donde su cuerpo se ve empapado por ese agua caída del cielo, capaz de provocarle una terrible neumonía. O de los vientos rebeldes que buscan, sin caso alguno, derrocarlo, celosos de no contar con tanta fortaleza.

Pero los días pasan y él sigue de pie, quieto, en el mismo lugar que siempre estuvo. Confía en cambiar el sentido de su ser, que amargamente él, vos y yo desconocemos, y espera algún día salvarse para convertirse en alguien-algo más, o simplemente para ser él mismo en su máxima expresión.

Pero los años pasan y las cosas no cambian.

Es contemplado con envidia por quienes ven en él la fortaleza que carecen. Aunque esa es sólo la imagen que proyecta, porque por dentro se apaga lentamente, harto de vivir siempre lo mismo. La espalda, que antaño soportó enormes cantidades de peso, le duele. Agotado de estar toda la vida parado, quisiera tomarse un descanso para respirar profundo. De a poco se encorva, su cuerpo le pide moverse, pero él no puede hacer nada. No sé si te percataste, pero el indefenso es sometido  a todo tipo de crueldades,  incluso es defecado por seres aparentemente inferiores a él y no dice nada. Lidiar con su sedentarismo obligado no es cosa fácil.

Sin embargo se niega a estar toda una vida condicionado y se empeña en conocer sus limitaciones para poder así, exprimirse hasta donde pueda.  Y es que es en ese instante cuando logra crecer. Conoce sus limitaciones y las usa a su favor.

De repente se hace enorme, sus brazos se alargan, su pelo crece y él se agiganta.  Se conecta con el hermano de al lado y éste a su vez con el vecino de en frente, quien parece contagiarse y hace lo propio con el que tiene a su diagonal y así sucesivamente hasta que entre todos forman una cadena que se expande a los cuatro vientos, con sus brazos entrelazados que ya no se distinguen entre sí.

De esta forma consigue conocer. A través de los ojos, de los poros de los demás. Porque por sí mismo le es imposible, sus raíces lo mantienen de pie en el mismo lugar en que siempre estuvo. No puede ver más allá. ¿Quién es él por sí mismo? ¿Es concebible su existencia per sé, dejando a un lado los elementos que lo rodean?

Su vida se construye en base a una interdependencia;  Dar y recibir; y no PARA recibir,  es la ley de causa y efecto; en eso, él, la señora que tengo en frente tomando un café -contemplando la ventana con una mirada que parece estar perdida pero que puede ser que esté más presente que la mía- vos, y yo, nos parecemos. Terminemos de una vez por todas con el feliz engaño: la independencia no existe; esse est percipi: somos porque somos percibidos. No se puede vivir, sobrevivir,  ser, por uno mismo. Y su vida queda en manos de alguien más, de una naturaleza traicionera que puede ponerle un fin cuando se le antoje, como el niño que  se cansa de jugar con los títeres cuando crece y los desecha sin remordimiento.

Él pertenece a este mundo y su realidad es construida por la realidad de los demás. Esa es su verdad y la tuya, y la mía.

Y mientras te escribo el tiempo pasa, envejecemos, vivimos, y él, él se aburre. Cansado de ver, hacer, ser siempre lo mismo, se pone a pensar. Al menos es él o cree serlo.

Hace dos días el amigo que vivía en la vereda de en frente partió a rumbos aun desconocidos. Tanto sus vecinos como su familia lo miraron con envidia cuando se enteraron de aquella anhelada noticia. Él iba a conocer, ellos no. Lo que no saben es que para conseguir esa independencia, está pagando un precio extremadamente alto, al borde de quedarse pobre, sucio e inservible.

Renunció a sus raíces; sí, a las mismas que su compañero de la vida rechaza con asco.    Y pensar que por un momento se sintió felizmente emancipado, al cortar una por una; a los segundos se convirtió en otro, en un ser que si bien encontró una salida a sus limitaciones, se entregó a la vida perdiendo el poco control que tenía sobre ella. En total desnudez emprendió un viaje donde no había lugar en las maletas para aquellos órganos que eran mucho más que un sostén; los dejó solos, desamparados en el mismo lugar que siempre estuvo, con la promesa de que pronto volvería a reencontrarse con éstos para ser, por fin, uno. En ese entonces, no creyó necesitarlos.

Y no es que quiera hacerlo, pero hace aproximadamente cuarenta y ocho horas se prostituye por conocer. Vende su cuerpo, pierde su forma con tal de ver más allá. Su libertad lo encarcela en un mundo que no es el suyo y pide a gritos volver a ser aquel ser que alguna vez se plantó en la tierra omnipotente  e indestructible.

Pero no, el ahora indefenso recibió severas mutilaciones y postrado en cuatro patas se dejó penetrar por esa familia desalmada que no supo ver en él la vida del universo. Y como si tanta perversión fuese poca, desde ese instante depositan en él todo tipo de objetos pesados, que agachado, de cuatro patas cual perro sometido, debe soportar. Pero la tortura no acaba ahí; al menos tres veces al día le escupen las sobras de comida masticada y dejan sobre él migajas de pan que jamás conseguirán llenarle el estómago. Hace soles que no come ni bebe nada, y por más que intenta alcanzar ese pedazo de grasa que le chorrea saliva por todas partes – y que en otras circunstancias ni se hubiera atrevido a mirar – le es imposible siquiera tocarlo, pues éste se encuentra encomendado a su espalda y no sabe cómo voltearlo a su boca…ya no cuenta con sus largos brazos que todo lo alcanzaban.

Ni el peso de la cruz que cargaba por su inelegible origen le dolía tanto como la que le tocaba cargar a partir de ese momento, ahora que forzosamente fue corrompido.

Lo más desesperante de todo, es que su camino no culminará ahí. Cuando de tanto cargar con un peso que no le corresponde termine quebrándose, la familia con la que ya había empezado a encariñarse, desagradecida como siempre lo fue con él, lo desechará sin pena ni culpa dejándolo en la intemperie. Pronto vendrá alguien que le dará un mejor uso, piensan. Ellos tampoco saben que el destino que le depara es una calurosa hoguera cuyas brasas lo harán por fin descargar toda la energía acumulada desde el día de su nacimiento, en un feroz grito que de una vez por todas, cerrará el último capítulo de su vida.

Y Cuando esté por quebrarse, en sus cuatro patas en la casa de aquella familia que no supo apreciarlo, tomará conciencia y pedirá por sus raíces que lo mantenían atado, firme, sin poder tambalear. Demasiado tarde, al renegarlas, olvidó quién fue alguna vez y ya no tiene de dónde aferrarse. Pero al olvidar quién fue, ya no sabe quién es. Extranjero de sí mismo se arrepintió de haberlas cortado, no conocía ningún pegamento que pudiera adherirlas nuevamente a su ser. Habría podido desatarlas y guardarlas en uno de sus bolsillos, dejándolas disponibles para cuando las necesitara. Pero el condicional perfecto no existe. A quién va a reclamarle su naturaleza perdida cuando ya esté usado en extremo y nadie le vea utilidad alguna, no sé.

No es mi culpa, tampoco la suya. Paradojas de la vida, dicen por ahí. En cambio, él sigue fiel a su origen y piensa en que si algún día le toca partir, como al desdichado de su amigo, procurará llevarse con él a sus odiosas raíces, porque sin ellas no está completo.  Continua siendo fiel a éstas, al sentido que cree saber pero que desconoce. Y me ve caminar.

Caminar hacia un lado, caminar sin rumbo, Caminar por la vida. Simplemente caminar. Caminar con o sin motivo, caminar solo o acompañado. Lo único que hacemos es caminar.

Mirar hacia atrás y darse cuenta que la vida es un camino indefinido que nos vamos haciendo, con cada convicción, con cada duda que nos surge; nos guste o no. Mirar hacia atrás y darse cuenta que nuestro paso es fugaz. Un día estamos, y de la nada, desaparecemos.

Pero él siempre está. Testigo de todo,  desde el momento que nació estuvo destinado a quedarse en el mismo lugar, inmóvil, viendo el resto de las cosas pasar, con la convicción de que jamás podrá desplazarse hacia otro lugar. Lo ve todo, lo escucha todo, pero permanece callado.

Llorá Sauce, Sauce Llorón, llorá desde lo más profundo de tu ser. Que el llanto llueva de tus ojos   y saque tus malhumores hasta que deje de lloviznar y seas como un yo-yo que ya no llora porque  puede subir y bajar según le plazca. O como el yolillo de troncos múltiples que crece en zonas calientes. Hacé un hoyo a orillas de ese arroyo y viajá por tus entrañas a ver si hallás tu razón de ser.  Mientras tanto, yo me arrodillo ante tus tobillos y busco un rastrillo para remover tus ladrillos que no te dejan mover. Y si puedo tallo en tu tallo un tatuaje con tu nombre completo porque de tanto llorar,  Oh Sauce Llorón, ya no valdrá la pena llamarte por aquel apodo que nunca te llenó.

No te quedes en silencio, rompé con ese chaleco antibalas y desenterrate. Desenterralas a ellas, inundalas con tus lágrimas agridulces, dejate por una vez en la vida, orinar para poder expulsar el excremento que invade tu cuerpo desde hace años y ablandalas, a ver si así encontrás la flexibilidad que te hace falta para percibir, saber, comprender, percatarte, averiguar, notar, sentir y juzgar justamente la vida que te fue dada y la vida que a su vez, te permitís dar a los demás.

Mirenlos, pobrecitos. Uno al lado del otro, incomunicados. Envejeciendo en el mismo lugar que nacieron, limitados a sus raíces, sin poder conocer. Lo observan todo, no dicen nada.

Y nosotros seguimos caminando sin percatarnos de que cada vez falta menos para pasar aquella puerta que alguna vez vimos tan distante. Ellos no caminan, no pueden hacerlo.

¡Pobres árboles, criaturas del mal! Rien,  lloran, se desgarran, mueren por dentro y siguen de pie.