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En búsqueda de un pájaro

5 Jul

Vuela el pájaro de casa en casa, de un árbol al otro, buscando un lugar donde estacionar su cuerpo y ponerse a recitar los pensamientos que le rodean,  confundidos con notas musicales por la raza humana que no comprende su idioma. Desesperado por comunicar el más mínimo mensaje vuela de acá para allá esperando posarse en alguien que lo oiga y verdaderamente escuche; alguien que pueda comunicarse con él  no con palabras ininteligibles  sino con el corazón, órgano que muchos se jactan de tener.

Crece el pichoncito con una tarea que le es encomendada por pura lucha de supervivencia. A empujones ocasionados por el pico de sus progenitores debe aprender a  estimular sus alas de forma que a temprana edad ya sea capaz de alzar vuelo para desplazarse  por el aire, en busca de comida o con el sólo propósito de pasear; no hay mayor placer que planear por la vida después de tanto aletearla.

Nómada por naturaleza visita distintas ciudades, distintas familias, y de cada una aprende cosas nuevas, interesado en compartirlas, aunque viéndose imposibilitado en gran medida por culpa de la débil e inexistente torre de Babel, cuya destrucción, mucho más que un mito bíblico,  causó la eterna incomunicación con los otros vivientes.

De tanto enfocarse a aprender a elevarse y a vivir por sí solo, se olvidó de desarrollar otras virtudes que bastante útiles hubieran sido teniendo en cuenta su facilidad para trasladarse de un lado al otro, mensajero del mundo. Ahora por vueltas de la vida, sus anuncios se ven limitados a un canto que en la mente del humano se traducen a distintos tipos de interpretaciones. ¿ Será que el medio es el mensaje? Entonces que sean los demás quienes expliquen lo que él intenta decir.

Para los paranoicos, el indefenso pájaro repite una y otra y otra y otra y otra vez un “ven te veo” , que a la hora de apodarlo por lo que dice, mal traductores deciden cambiar el sentido de la frase que tanto los atormenta y deciden ponerle “benteveo”, todo junto y con b larga, porque no se animan a expresar que se sienten acosados por un simpático animalito cantor. Otros suelen llamarlo “bienteveo”;  ¿a quién? ¿A mí? ¿A él?, ¿a ella? Qué intimidante. Yo lo busco, y no lo encuentro.

Aunque también existen aquellos que escuchan en cada canto que emite el pájaro, un “bicho feo”, como si el animal estuviese falto de autoestima y se repitiera así mismo que Dios no le dio la belleza que a otros de sus compañeros sí. Quisieran mucho de sus amigos tener su brilloso pecho amarillo.

Vuela el pájaro de casa en casa, de un árbol al otro, buscando un hogar al cual abandonar al cabo de unos días, u horas tal vez. Porque así es él, ciudadano del mundo, independiente por naturaleza y por convicción. Porque con sólo ver una jaula, se estremece y escapa, ferviente y eterno enemigo del encierro.

Quisiera encontrarlo y pedirle un favor: que me preste un rato sus alas para calzármelas. A ver si con ellas logro encontrar a quien me permita comunicar e incomunicar, triunfar, fracasar y volver a triunfar. Por mí.

A quien me transparente y me permita ser quien en verdad soy. Acá, allá y donde sea que tenga que estar. Donde quiera estar. Para poder yo también cantar lo que pienso y que me interpreten como quieran. Al fin y al cabo, lo importante es no callarlo.

Vení a mí benteveo, bichofeo o como sea que te llames. Exijo tus alas, y mi libertad.