Archive | October, 2011

Oda al pomelo

31 Oct

Porque al terminar de ingerirlo invade algo parecido a la angustia. Angustia canibalística de comerse a un verdadero compañero. Lo que deviene, lavarse las manos para cerrar el semi rito que tanto placer ocasionó y así seguir adelante con la cotidiana vida, no es del mayor agrado. Cerrar ciclos no supone ser una tarea agradable en un primer principio.
Porque fue destinado a hacerme compañía un rato en lo que yo, junto a él, tomé la decisión de revelar estas líneas que le honran su memoria. Todavía seguía vivo.
Desayuno en compañía de un pomelo rosado, ese que aparenta ser una fruta y sin embargo, es mucho más. Pelar el pomelo, sacarle lentamente la cáscara que se remueve con facilidad, sin ofrecer resistencia alguna se deja desvestir con el fin de vivir ya no por sí mismo, sino por quien elige incorporarlo a su ser. No temía quedar al descubierto.
Y en ese arrancarle su naranja capa, que lejos de singularizarlo, lo asemeja a otros compañeros tan distintos a él, uno piensa; no precisamente en la satisfacción de comerlo, sino en las reflexiones profundas de la vida que rondan la mente en ese silencio que habita entre él y yo. Habitaba.
Depositarla en un plato e inundar el ambiente con un particular olor tropical que evoca unas mañanas soleadas en algún lugar donde hace calor. Una mayúscula energía positiva se desplaza por el aire, capaz de pacificar las ansiosas luchas internas que a veces no dan respiro.
Finalmente cuando queda al desnudo, pelota gran redonda se parte a la mitad, deja salir su jugo, digno representante de su fértil edad. Era el momento justo de concretar el acto. Entonces el tiempo se vuelve atemporal.
Suavemente arrancarle los restos de su piel que no permiten que se muestre tal y como es, rosa sin esas tempranas canas que lo disfrazan de un blanco apagado. Y así gajo por gajo, uno por uno, fue devorado. Y fui feliz.

La pulpa dulce es injerida con el mismo placer con el que se deposita su parte amarga sobre el plato tumbístico conservante de sus restos.;hay quienes prefieren endulzarlo y hacer de la vida, un trámite más llevadero. Ciclotímico metamorfósico no termina por decidirse. Su misteriosa amargura dulce no cautiva a todo el mundo.
En cuanto a él, hasta el último momento supo compartir el silencio confesante de quien necesita tomarse un tiempo para recapacitar. Con él las cosas no se hacen a la ligera, para eso existen otros desechables. Despacio, muy despacio, fue desapareciendo en mi interior hasta quedar el mundo exterior sin rastros de su actual existencia. Volvió el tiempo y con él la rutina de la vida acelerada.
Quedó en medio de la mesa aquel plato con sus vestiduras. Un aroma esparcido, que en poco tiempo el viento borrará.
Agridulce sabor elocuente, reflejo de mi vida.

Vivimos buscando ese eterno enamoramiento…

28 Oct

Vivimos buscando ese eterno enamoramiento que en su superficialidad no nos permite caer. No es necesario hacerlo, todo es tan perfectamente aburrido.

Casi como esos mares que se mantienen estáticos; seguros pero agobiantes, sin dar cuenta de la amenaza de una posible tempestad. Es este mundo construido por su mente, plenamente calculado y perfecto, pero a kilómetros del piso sobre el que toca estar de pie.

Enamorarse del amor para después tener la caída vertiginosa que te estampa a una realidad no antes pensada. Una caída libre en donde no hay tiempo de amortiguar ningún golpe, pero sí de sanar los moretones ocasionados por la dura estampida.

En este contacto con la tierra los ojos se desvendan, los oídos se destapan. Vuelven los sentidos en su mayor esplendor: empieza la vida.

Y así, el enamorado amor deja de idealizarse, pasa a ser. Y lejos de desnudar al cuerpo, desviste al alma. Lentamente la despoja de todo ideal depositado en su interior.
Y queda ella al descubierto, en una vulnerabilidad que a veces, da frío. En la realidad jamás pensada, la que toca vivir. Su soledad más sola, renaciente sinceridad que pide ser escuchada.
Lo encerramos en una palabra, en ese asqueroso pero entendible empecinamiento que tenemos los humanos de definirlo todo, hasta lo indefinible. Pero no, no sé qué es el amor.

No se trata de dudar de su existencia, sino de cuestionar su abarcamiento. No se trata de nombrarlo ni explicarlo, pero sí de respirarlo en este constante existir. Darle una utilidad, al fin y al cabo, si no es útil, no sirve.
Y si no sirve, no lo quiero en mi vida.

Una histeria positiva, por qué no. Un subibajas, una montaña rusa , un ida y vuelta lleno de vicios. ¿Me es? ¿Nos es?, ¿el amor es? No lo sé. Me gusta subirme a su juego, aunque a veces marea.

Es una ignorancia negativa, desconozco sus reglas. Infinitas y contradictorias lo viven limitando. Porque en este desconocer nos lanzamos a una jungla repleta de bestias dispuestas a encogernos. Flores negras, extrañamente hermosas, rompen con el ideal estereotipado y enseñan que la belleza muchas veces puede ser de una hermosura perturbadora. La aventura da paso a la cotidianidad.

Entonces llega la duda; esa que carcome el cerebro, que hunde en la incertidumbre de querer saberlo todo y no poder saber nada.

Y lo que en un momento supo ser fácil, ya no lo es.
Entonces miro atrás, y pido a gritos que vuelva mi eterno enamoramiento.
Por momentos lo encuentro.Entonces, sólo entonces, creo comprenderlo.

Un ruido en la noche

28 Oct

Es difícil pegar un ojo a la almohada en altas horas nocturnas cuando el oído ve interrumpido su descanso…

Nunca pensó que un ser tan ínfimo podría ser capaz de sacar su lado más violento, ni mucho menos, su instinto asesino. Protector de las criaturas indefensas, siempre se conmovió cuando veía a alguien creyéndose Dios Padre todopoderoso, terminar con la vida de éstos tan fácilmente, sin remordimiento alguno, homicidio que jamás se atrevió a concretar por muy molesto que con la naturaleza estuviese.
Repudiaba a quienes con simplemente apoyar el pie en un cuerpo tan diminuto y sobre todo, débil, ponían fin a la existencia de una vida destinada a morir de la forma más miserable: en manos o pies de una cobardía incapaz de solucionar las diferencias de la manera más justa, de forma que ambos contrincantes contaran con una igualdad de condiciones. La maldad humana, el poder humano que siempre tienta, y que a muchos corrompe. Él no se creía amigo de los indefensos, pero conocía su límite y sabía que no tenía ningún derecho sobre nada ni nadie.
Es difícil pegar un ojo a la almohada en altas horas nocturnas cuando el oído ve interrumpido su descanso por ese chirrido capaz de incomodar a cualquiera.
Ricardo había tenido un día complicado; bien temprano en la mañana se encontró con la desagradable noticia que no había café en ningún punto de la cocina. Sabía que el médico le tenía prohibido el consumo de cafeína por sus problemas para dormir; el insomnio lo hacía trasnochar constantemente, dejándolo en un estado vacío, donde ni si quiera podía aprovechar el tiempo despierto para hacer cosas productivas ( a no ser que mirar el techo con la mente en blanco sea considerado un ejercicio fructuoso). Pero de ninguna manera accedía a hacerle caso y siempre guardaba en el cajón de los repasadores, un frasco de ese café instantáneo tan asqueroso pero necesario por no contar con una cafetera decente, porque la que tenía había sido confiscada por su sobrina, única integrante de la familia que se preocupaba por él.
El no dormir provocaba que olvidara aquellos pequeños detalles, como el hecho de fijarse la noche anterior si tenía al alcance su infusión preferida para el desayuno del día siguiente, o si había dejado la ventana del baño cerrada para que el gato no se le escapara. Total el bicho siempre volvería mientras tuviera comida para darle.
Es que era imposible que faltara café en su casa, alguien se lo tuvo que haber robado. Pero él se mantuvo despierto toda la noche y no se vio invadido por nadie. Aunque hubiera preferido que se lo pidieran prestado y no arrebatado inesperadamente. Qué macana che!
De tanto buscar sin poder conformarse con tomar otra cosa, se olvidó que tenía que ir a trabajar y al acordarse salió disparado a la calle, dejando la billetera sobre la cama. Quince minutos de retraso serían el motivo perfecto para ser despedido de la empresa. Y aunque nunca le interesó ser un vendedor de utensilios de limpieza, sabía que no tenía el talento suficiente para vivir de la música y ahora más que nunca necesitaba el dinero para mantenerse. Además que el jefe ya hacía tiempo que le había declarado la guerra y no estaba dispuesto a bajar los brazos y perderla.
Decidió tomar el colectivo igual, pese a que venía repleto, pero antes avergonzado como pocas veces en la vida, tuvo que pedirle a la señora que se encontraba frente a él si le prestaba un par de monedas porque al salir apurado de su recinto, había olvidado las suyas. La mujer, regordeta, lo miró asqueada por semejante negligencia y con desgano le dio lo que él le había pedido amablemente. En otra situación la habría mandado a evacuar todo lo que seguramente acababa de comer, que no debiera ser poca cosa porque un trasero de esa índole no se podía nutrir nada más que de ensalada. Eran un par de monedas che, a cualquiera se le puede olvidar la billetera algún día…pucha. Pero como no estaba para hacer berrinches, agradeció el gesto y se acomodó en donde pudo: parado entre la gorda y un sujeto extraño que lo miraba sugestivamente, afeminado a sus ojos, que suelen reconocer a distancia cuando una persona se inclina por el mismo sexo o no. Quienes lo conocen lo tildan de homofóbico, aunque él se justifica diciendo que simplemente repudia a todo aquel que vaya en contra de la naturaleza y por eso mismo, prefiere alejarse de quienes lo hacen. Homosexuales, asesinos de insectos, todos iguales.
Las calles llenas de pozos obligaron a Ricardo a mantener el equilibrio para no tocar involuntariamente el trasero de la mujer, que encima de gorda, era poco amigable. Si bien el viaje hacia la parada donde queda ubicada exactamente la empresa, consta de no más de media hora, esta vez el tiempo parecía no pasar. El hombre afeminado se encontraba justo detrás de él y cada tanto sentía un desagradable arrimo para con su ser. Al darse vuelta, el sujeto le pedía perdón con una sonrisa de oreja a oreja como si esa palabra fuese a remediar la perversión cometida. Para colmo, hacía un calor bárbaro y sentía que su sudor ya
empezaba a mezclarse con el sudor de los demás. Cada frenada que pegaba el chofer, el homosexual aprovechaba para apoyarlo.
Intentaba moverse unos centímetros hacia el costado para finalmente descender del transporte cuando se percató de que tanto la gorda como el afeminado se bajarían en la misma parada que él. Dicho y hecho. Esas casualidadades de la vida…Para su sorpresa, al marica lo estaba esperando una mujer con un cuerpo impresionante y un terrible beso. Había sido engañado por las primeras impresiones, como de costumbre.
Su día laboral transcurrió como siempre, aburrido y caluroso. Qué paradoja, pensaba. Él, vendedor de productos de limpieza, y su casa y su vida, un desorden. De más está decir que no vendió un sólo utensilio. Ni los precios bajos que ofrece sirven para ganar clientela. La empresa se estaba fundiendo y el jefe parecía no notarlo. Había que cambiar las estrategias de marketing, el cara a cara ya no funcionaba. Para su fortuna, su compañero de toda la vida, el viejito bigotudo que ahora trabaja por hobbie más que por necesidad-se jubiló hace ya casi 5 años-ofreció llevarlo de vuelta hasta su casa, al cabo de unas horas.
Siempre buscaba la manera de que alguien lo regresara del trabajo, así en el camino podía relajarse y dormir. El insomnio empezaba a afectar su vida de forma considerable y veía la necesidad de aprovechar los minutos libres que tenía para poder reposar. El problema es que el anciano era un charleta empedernido que encima se empeñaba en presentarle a su sobrina, buena candidata a sus ojos. “Necesitás compañía Richard, te vas a terminar volviendo loco en tu soledad”. Richard. No entendía por qué lo llamaba así, si ambos eran argentinos y bien gauchitos.
Para colmo, un trayecto que en auto se recorría en 15 minutos, se vio cuadruplicado en tiempo por culpa de los eternos manifestantes que no se cansan de cortar las calles a su antojo, sin importarles el resto de los trabajadores que buscan avanzar en su proactividad. Les duele la cabeza, cortan. Les pica un testículo, cortan. Y él que se aguanta tantas calladito….qué lento se está viendo.
Pero bueno, no hay como llegar a tu casa derecho a la cama, reposar tu cuerpo y que sin esfuerzo alguno, se cierren los ojos. Innumerables veces se había quejado de ese colchón que sin entender el porqué, le hacía tanto mal a la espalda. Pero esta vez no. Bendita era su cama, que después de una larga semana iba a poder disfrutar hasta altas horas del día siguiente. Porque los viernes él entraba a la tarde, total no tenía con quien compartir sus noches.
Y el sueño no tardó en llegar. De repente se encontraba a sí mismo mirando para el techo pensando en su solitaria vida, cuando dichos pensamientos se mezclaron con la clara visión de la gorda cagándole encima. Estremecedor.
Gratamente la pesadilla duró poco. Es que es difícil pegar un ojo a la almohada en altas horas nocturnas cuando el oído ve interrumpido su descanso por culpa de un desgraciado insecto malparido que decide posarse sobre su oreja y emitir un zumbido capaz de aturdir a cualquiera.
Y así, en plena desorientación, entre bostezos y saliva desparramada por toda la almohada – pues nunca aprendió a dormir con la boca cerrada- empezó a dar manotazos sobre su cara, con tal de ahuyentarlo.
Silencio absoluto.
Creía haberlo asustado lo suficiente para que marchara hacia otra parte a molestar a alguien más. Pero no; el maldito se obstinaba a arruinarle la noche con sus idas y vueltas, sus chirridos y sus soplos, sus cosquillas que le hacían temblar el cuerpo.
¿Por qué a él? Amigo de los animalitos pedía piedad. Estremecedor. Las patitas esas caminándole por el extremo del lóbulo izquierdo y ese sonido, con qué derecho che. Jamás en sus 58 años de vida había osado matar a un insecto, ni si quiera a las innumerables moscas que perseguían de un lado a otro a su compañero el felino.
1, 2, 3 Inhala, exhala. Control mental Ricardo, Control mental. Si el bicho optaba por posarse en su oreja, le negaría el acceso a ésta tapándose la cabeza con la almohada. Haría una casita, emulando los viejos tiempos, cuando se enojaba con sus padres y suponía hacer oídos sordos con ella para que cesaran su regaño.
Pero no, el astuto se las ingenió para traspasar esa muralla y atacarlo de nuevo. Le había declarado la guerra y no sabía por qué. No es exagerado decir que el díptero lo obligó a llevarse el colchón a la cocina, acostarse en el piso y dormir con frío, entre hormigas que al menos ningún sonido emitían.
Estuvo tranquilo un par de horas, con los ojos semiabiertos atentos a cualquier movimiento. No quería despertarse nuevamente con el desagradable sonido del mosquito, mosca o lo que esa cosa fuera. Así es que no pudo conciliar el sueño y se quedó despierto toda la noche, dispuesto a contraatacar en caso de ser necesario.
Y lo fue. Porque en los momentos en que conseguía llegar a cierta calma, el silencio tan armoniosamente musical volvía a ser interrumpido por ese “tssss” “tzzz” “bzzzz” o como usted bien sabe que suenan. No le venga a decir a él que usted todavía no fue víctima del minúsculo oportunista. Afortunado quien lo sea todavía, porque pronto le va a llegar. De esta tortura nadie se salva.
Un momento de locura lo llevó a cometer el crimen más abominable en la existencia; traicionó sus principios a cambio de un poco de tranquilidad. Desleal a la naturaleza, se dejó arrastrar por la supervivencia del más apto, y ejerció la peor tiranía que pudo haber ejercido sobre el indefenso bichito que sólo buscaba saciar su sed. O tal vez ni si quiera eso; capaz sólo se compadecía de su soledad y como buen amigo, quería romper con la unidad.
Sí. Lo hizo. Juntó coraje y se dispuso a la caza, en un egoísmo incapaz de compartir su noche con alguien que sólo buscaba hacerle compañía. Asustarlo ya no alcanzaba.
Así, se inclinó por el homicidio. Rápidamente lo estampó contra la pared blanca, ahora sucia por los desechos del insecto estrujado. Con ella, una mancha de sangre, diminuta como el cuerpo que acababa de asesinar. Una marca que quedaría ahí por días, como un recuerdo de lo ocurrido. Un ser había abandonado el mundo por su culpa, sin siquiera tener la posibilidad de expresar su última voluntad. Tantas horas de batallar para en un segundo cortarle las alas para siempre. Se había convertido en su peor enemigo y ahora tenía que lidiar con el peso de una cruz aun más pesada que la que venía cargando.
Es que es tan difícil pegar un ojo a la almohada en altas horas nocturnas cuando el oído ve interrumpido su descanso…
Entonces llegó el silencio, y no pudo dormir.