Archive | June, 2012

Pena máxima

25 Jun

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Él llegó hace unos años, creyendo que su inspiración iba a fluir si se sentaba a escribir en un café parisino. Lejos estaba de ser un próximo Baudelaire, o un Isidore Ducasse, pero todavía no lo sabía. La vida quiso encontrarlo este día tan lejos de su patria y de la alegría de su gente.

Quiere salir a caminar por la calle, ahora que los penales han terminado. Festejar como se debe, él, uruguayo afrancesado por su mujer que nada entiende de fulbo. Caminar lento y ser visto por todos, él, futuro campeón. Derrochar gloria, sentirse triunfador en un lugar que parece no notar la historia en este día. Abre la puerta y sale a disfrutar.

A pocas cuadras se encuentra el otro; maradoniano frustrado, despotrica contra Messi, el pibe que no se pudo poner el equipo al hombro. Se sienta en el pasto de una plaza a desacelerar el corazón roto a pedazos, acompañado de él, su silencioso testigo de la inconsolable angustia. Ay Carlitos, cómo la cagaste.

De repente él lo ve sentado en el parque, solitariamente vestido con la celeste y blanca, y duda en acercarse temeroso de ser insultado de la peor forma. No. En el fondo busca esa rivalidad que le infla el pecho, ahora que por fin le ha tocado degustar el tan parido triunfo.

Entonces se acerca y sonríe. “Bien jugado”, provoca. Sus ojos se encuentran y el otro nota un toque de tristeza en la mirada todavía charrúa del acompañante. Es que no hubo con quien compartir el abrazo en cada gol.
Y el otro, solitariamente vestido con su camiseta celeste y blanca, apenas puede hablar. El nudo en la garganta todavía no disipa. No hay nada que decir. Da un sorbo lento y añora el silencio colectivo producto del respeto y la desolación. No el de la indiferencia afrancesada, lejos de la realidad. De su realidad. Da otro y se transporta al sillón de su casa, con su viejo golpeando la mesa al no poder creer cómo dejaron pasar nuevamente la oportunidad.
Pero él no está. Tampoco ella, ni el resto de los suyos que le recordaran cada gol que pudo ser y no fue, pero que estaban ahí, juntamente abanderados de una misma pasión.
Entonces vuelve a mirarlo y decide compartirle su compañero, que seguramente en algún punto también es suyo. Podía hacer cualquier cosa menos negarle el mate a aquel paisano sureño sediento de una identidad que de a poco iba mutando.
Sin reparar el obsoleto detalle de que el hombre viste la camiseta que hoy lo hizo llorar como hacía mucho tiempo no hacía, le pasa lentamente el porongo.
Y así sus manos convergen en ese mate amargo que endulza de a poco sus sentidos, los encuentra a cada uno con los suyos en sus lejanías, el olor a pizza, las risas, el llanto y el desgano. Realidades paralelas, lejanas. Suyas.

Y en la convergencia matera identitaria redescubren su ser. Se abrazan e intercambian las camisetas, esas que no resultaron ser tan distintas como alguna vez pensaron que lo eran. Y  sin explicación alguna, lanzan una carcajada que parece no tener fin.

Crónica de una plateista común y corriente

16 Jun

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Podría haberme quedado en mi casa, tirada en el sillón comiendo papas con el televisor prendido. Podría haberlo  visto en HD, y así no haber esforzado la vista en los reiterados intentos por descifrar  quién era aquél hombre diminuto que nos daba la victoria: total siempre está el relator que te los nombra a todos. Podría haberme ahorrado el frío y la llovizna. Podría haberme. Pero no.

Jueves 14 de junio. Son las siete de la tarde y en el Alberto J. Armando ya se respira la Copa Libertadores. Manía familiar esa, la de  llegar con una hora de anticipación a la cancha. Porque la ansiedad no mata, pero sí carcome el cerebro en la previa donde todo es expectativa y especulación. Que esta noche le clavamos 3 a los chilenos, que Román mete un golazo de tiro libre, que el Flaco nos lesiona a uno.  De este lado solo cabe un ganador. Y es claro cuál.

Clima libertadorense. La Bombonera estrena nuevas luces en su exterior, que alumbran la fachada de azul y amarillo. Familias enteras vistiendo la camiseta o los colores del equipo xeneize, las mismas caras de siempre, y otras nuevas; miradas vírgenes del mundo futbolístico, extranjeros disfrazados con el merchandising recién adquirido, dispuestos a contagiarse del entusiasmo turísticamente prometido del hincha.  Todos con la euforia que gira alrededor de la pelota, en el día del aniversario de la muerte de Borges, aquel escritor que no supo engancharse con este deporte.

Me dirijo al Sector K, más conocido como “la tercer bandeja”. Para ser más exacta: justo atrás del arco de “La 12”, pero a 182 escalones de la entrada que divide el camino entre la platea y la popular. Voy subiendo uno por uno lentamente, con el disfrute de ir escuchando cada vez más fuerte los cantos de la hinchada local-con sus bombos y trompetas-que buscan opacar a la de en frente , la enemiga, la chilena. Y de repente estoy ahí.

—-

Son las ocho y cuarto de la noche y justo antes de que el árbitro colombiano pite el inicio del partido entre Boca Juniors y la Universidad de Chile por la semifinal de la Copa Santander Libertadores, escucho a la hinchada cantar un “Diego, Diego”, que a falta de una televisión que me lo confirme, me hace suponer que Maradona está presente. Y así es; al igual que Juan Martín del Potro, Tévez y Martín Palermo, aunque de eso me enteraré después cuando vea la repetición por TV.

Hay neblina, pero no la suficiente. Corren los primeros minutos del encuentro y  La 12 despliega una bandera gigante que cubre mi cuerpo, la de mi vecino, y la de todos los que se encuentran en mi sector.  Por unos pocos minutos nos cubrimos del frío, y sin hacer el vano esfuerzo por ver qué pasa en la cancha, musicalizamos un “soy de boca desde que estaba en la cuna”. Entre todos movemos la bandera de un lado a otro, conscientes de que la televisión seguramente enfocará tal espectáculo. O  tal vez no. Poco importa; lo que la 12 impone desde allá abajo, los otros hinchas acatamos. Inercia pura.

Al mismo tiempo dentro del campo de juego se vive otra fiesta. Una en la que Boca domina la pelota, crea situaciones de gol, pero no la mete. Hasta que en el minuto 15 Pablo Mouche, tras perderla y volverla a recuperar,  desborda y centra  a Silva, quien da media vuelta y la clava en el ángulo.

“Gaaaaaaal de Uocaaaaaaaaaaaaa”, podría haber escuchado decir al relator si me encontraba viéndolo desde la comodidad de mi hogar. Pero no. Acá abundan los gritos desaforados, las voces afónicas que desafinan su canto de gol. Y el abrazo. Los abrazos: con mi padre,  con el vecino, el nene de adelante y  la mujer de al lado. Todos festejamos y liberamos la energía acumulada durante los varios días que tuvimos que esperar a que el encuentro se suscitara.

Hace un año y medio que ocupo siempre el mismo asiento y soy testigo de la bipolaridad de quienes me rodean, de la crucifixión y la resurrección del futbolista, según al hincha le plazca. Miro a mi alrededor y la gente no para de elogiar a Mouche, el mismo jugador que hace unos meses era repudiado en gran parte por todos. Cosas del fútbol, dirían por ahí.

El gol hace que todos se levanten, mejor dicho, levantemos-una fuerza mayor parece moverme en ese espacio donde soy una más en la masa- y saltemos al ritmo de la canción del momento, cuya orquesta siempre es dirigida por los pocos con poder que se encuentran abajo. Y ahí entiendo eso que es mucho más que un slogan: “la bombonera no tiembla, late”. Y temo por mi estabilidad.

Fijo mis ojos a la hinchada contraria y agudizo el oído para poder escucharlos. “ Vamos, vamos leones”, cantan al mismo tiempo las 4500 personas que sostienen numerosas bengalas rojas, esas que al igual que los bombos y las grandes banderas, les son prohibidas en su país.

Faltan quince minutos para que termine el primer tiempo y llega la primera situación que por un momento obliga a los hinchas boquenses a callar: una falta cerca del área y un tiro libre ejecutado por Marcelo Díaz, que termina siendo desviado por las manos de Agustín Orión, el arquero xenezie.

Llega el entretiempo y con él, las múltiples conversaciones futboleras  con los amigos, que no sabemos el nombre, pero que vemos todos los domingos que juega Boca de local. Comentamos entre todos aquellas jugadas que, entre la niebla y la altura, no pudimos ver con claridad. Hay sed y la única bebida disponible para comprar es Coca Cola, sponsor que hace tiempo tuvo que cambiar sus colores a un negro y blanco para empapelar la cancha porque su tradicional rojo lo acercaba a River, el archirrival. La Coca no me gusta y el agua que afuera cuesta seis pesos, te la venden a veinte. Entonces, me aguanto la sed.

….

-De dónde sacaste eso? Yo también quiero

Un nene de como unos diez años me toca el hombro y señala un rollo de papel blanco que tengo a mi lado. Es la serpentina que me dio un hombre robusto en el entretiempo;  esa que los oportunistas suelen tirar para molestar al arquero rival, pero que para él no es más que un juego inocente. Se la doy,y  me sonríe a cambio. Recomienza el partido.

A los nueve minutos del segundo tiempo el juvenil Juan Sánchez Miño mete el segundo gol para Boca, y la hinchada se viene abajo en su grito guerrero que repite al unísono tres veces “y dale y dale y dale boca dale” con las manos bien en alto. Un resultado que parece dejar a Boca con un pie adentro de la final. Un resultado que deja felices a los hinchas. Un 2 a 0 que pasa a ser protagonista, y una hinchada que se pone celosa por no ser más el punto de atención.

Entonces van trece minutos y La 12 busca recuperar su poder. Lo que deviene, decenas y decenas de bengalas prendidas en la popular que desparraman su humo al campo de juego y  que terminan con la poca visibilidad de los jugadores y de todos los concurrentes. El árbitro para el partido; ellos siguen, cantan más fuerte. Desde la platea se escuchan insultos hacia ellos, los de abajo. Juan Roman Riquelme, aquel futbolista que enamora a sus hinchas con su precisión, su inteligencia al jugar, se acerca al arco y pide que paren. El flaco Schiavi hace lo mismo. En vano. Recién cuando sus luces se consumen, ellos dan pie a que el juego siga.

Los últimos minutos del partido serán para el visitante. Cada vez se acercan más al área y los futbolistas argentinos se muestran cansados. Nosotros no. Cantamos y el piso se sigue moviendo: parece que se va a caer. Pero no importa, estamos sumergidos en una burbuja de felicidad, donde los jugadores son esos mártires que ponen el cuerpo, se agotan y sufren para darnos el triunfo.

Suena el silbatazo final, aplaudimos un rato a los titanes,  y me despido de mi segunda casa, de los amigos sin nombre y del perfume a cancha: esa mezcla de olor a choripán, con camisetas transpiradas, pólvora y porro, que cada uno huele horrible pero que juntos conforman la fragancia de la pasión.

***

Podría haberme quedado en casa y no haber pasado cuatro horas en medio del tránsito, yo que creo ser del campo por vivir en Pilar. Podría haber visto las repeticiones y así no quedarme con la duda de si fue penal o no, si fue offside o estaba habilitado. Podría haberle visto la cara de felicidad a Maradona, podría haberme acostado temprano. Podría haberlo visto. Podría haberme pero no.

Porque me es imposible precisar jugadas, nombres, tarjetas.

Porque decidí vivir otro partido, ese que la televisión se olvida de contar. Que no le interesa contar.

Y espero pronto volver.

BRACELI ENTREVISTADOR

9 Jun

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“Soy un extraordinario perdedor. Un fracasado nato.”, le dice a Woody Allen el hombre que consiguió lo que pocos pudieron en Argentina: entrevistar a Gabriel García Márquez durante dos horas, y ganarse su amistad.

Eterno perseverante, busca la entrevista por donde sea. La pide a gritos una y otra vez, aunque tenga que esperar cuatro años para finalmente tenerla.  Y la espera vale, porque lejos de sumarse a las cientos de periodistas, que a los ojos de algunos escritores siempre preguntan lo mismo, él se propone reflejar otra verdad; la otra cara de la moneda, esa que muchas veces queda tapada por los repetitivos discursos literarios que ahondan siempre en las mismas cuestiones.

Y es así como Rodolfo Braceli se propone descalzar a cada uno de los entrevistados que tiene en frente. Desnuda el alma y hasta hace literatura sin hablar de literatura. Se sumerge en una conversación donde entrevistador y entrevistado cambian de roles constantemente, y se sinceran en los aspectos más cotidianos de la vida, esos que de forma directa e indirecta intervienen hasta en las obras más consagradas de los autores, sin que el lector los percate.

 Nacido en 1940 en Mendoza, a sus 25 años ya había entrevistado a Jorge Luis Borges en un reportaje bastante extenso que le abrió la puerta a posteriores encuentros con el escritor, y que lo llevarían a publicar tres libros sobre él.

 Es que a las varias charlas-porque más que entrevistas el periodista genera climas donde lo que fluye es la conversación- que mantuvo con Borges entre 1976 y 1983, se sumó la entrevista a su hermana Norah en 1977, quien reveló no solo aspectos desconocidos sobre la infancia y vida del escritor, sino que dejó en evidencia la faceta artística y espiritual de esta pintora, muchas veces opacada por la imponente figura de su hermano.

 Rodolfo Braceli pregunta sin temor a quedar ridiculizado por las cuestiones que pone sobre la mesa.  Pregunta de todo, dándole la misma importancia a las respuestas de cómo cocina la madre de García Márquez, a por qué Borges no firma la petición de liberación de Antonio di Benedetto durante la última dictadura militar. Los vulnera, les enfría los pies y los vuelve a calentar con alguna que otra broma o alguna duda que despierte simpatía y que derrita cualquier hielo que pueda llegar a existir entre uno y el otro.

A Eduardo Belgrano Rawson le pregunta si alguna vez mató a alguien. Una pregunta que puede sonar totalmente descabellada cobra sentido con la respuesta de su interlocutor, quien como los otros entrevistados, a partir de un diálogo simple, reflexiona sobre las grandes cuestiones de la vida, como lo que puede llegar a representar la muerte en cada uno, o los olores que han marcado inolvidables vivencias.

Rodolfo Braceli juega y se divierte con las dinámicas que crea. Invita a participar a sus entrevistados en actings que los encuentra con distintas figuras históricas y los lleva a entablar distintas conversaciones con ellas y hasta invita a cuestionarlas: Jesús, Hitler, Fellini, tan solo algunos de estas.

Rodolfo Braceli escribe y reflexiona sobre el periodismo en su constante accionar. Muestra a la escritura en sus distintas facetas, y hasta se anima a llevarla a otros campos. Le brinda al lector la posibilidad de entenderla más allá de su plataforma; porque también se puede escribir con el cuerpo, con los gestos de la persona, con la pintura, y por eso sitúa a Fernando Peña en el mismo escalón que Norah Borges y su hermano. 

Y no solo se limita a cuestionar y conversar  sino que hace de las declaraciones de sus entrevistados poemas que concentran la profundidad alcanzada por su oido, que no deja pasar ninguna frase por más insignificante que suene. Y es en los pequeños detalles que engrandece a sus descalzados.

Rodolfo. Rodolfo Braceli. Extraordinario perdedor, fracasado nato, enano bastante alto; inconformista crónico y humilde trabajador de la palabra y la verdad, él también se saca los zapatos y nos presenta Escritores Descalzos, el libro que reúne nueve de lo numerosos encuentros que ha tenido con distintos escritores  a lo largo de su carrera. Y en en esta conjugación literaria-periodística, descalza también a la entrevista y muestra que esta también puede ser una forma de arte.