Archive | August, 2012

Observación Fingida

26 Aug

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No importa que sea artificial, el lago le apaciugua la mirada. 


Es martes y el reloj marca las dos y media de la tarde. La clase ha culminado, pero ella, lejos de salir disparada a su casa, por algún motivo se dirige a la puerta trasera de la universidad, esa que está al lado del bar y que transparentemente se abre a una naturaleza apabullante. Parece querer olvidar por un rato en dónde se encuentra, no a todos el estudio les sienta bien.
Tiene un andar pausado, nadie la apura. Arrastra los pies de tal manera que agota la vista, como si se tratara de dos seres que ya no saben por qué más vivir. Arreglada como está, podría sospecharse que es alumna de primer año: tendencia en aquellas de vestirse como si asistieran a un desfile de moda, comprobado por un estudio empírico que revela que con los años esto cambia para dar paso a lo primero que se encuentra en el placard. Probablemente en poco tiempo deje esa pollera negra por un pijama discreto que se disfrace de jogging. Pero todavía falta.

Hacía días que no salía el sol, y es por eso que tal vez de forma mecánica, camina hacia el lago -ahora que el cielo irradia luz-y se sienta en ese pasto todavía amarillo.

Se coloca entre dos árboles desnudos, víctimas del invierno que vino y en poco tiempo se irá. Entonces Boludo la llama y no se contiene. Boludo, me re cagó; Boludo, que este profesor es un pelotudo te digo; No Boludo, recurso la materia.

No se da cuenta pero lentamente va levantando la voz. A pocos metros de ella se encuentran tres chicos fumando. Pitada va, pitada viene, entre charlas y risas, uno no deja de desviar la mirada hacia ella, la que despotrica en contra de su maestro. Pero ella no se da cuenta, está de espaldas con la mirada fija en el reflejo de las nubes aisladas sobre el agua.

Pasan minutos hasta percatarse de que  Boludo lo único que consigue es ponerla más nerviosa, y cuando finalmente lo insulta a él, le dice que corta porque necesita relajar. Así es como se acuesta en el pasto todavía amarillo, seco pese a las intensas lluvias de los días anteriores, y cierra los ojos.

El chico que hace momentos no desviaba la mirada, se acerca y le pregunta si tiene fuego. Molesta, le dice que no, que no fuma, sin siquiera abrir los ojos aunque sea por segundos. Entonces él se va.

El descanso se ve interrumpido por la constante ansiedad de que la luz roja del BlackBerry titile. Está esperando algo de alguien, y ese algo y ese alguien tardan en aparecer. Y ella desespera, empieza a escribir en el celular mientras se levanta y camina de un lado a otro.

Alrededor prima el silencio; a esta hora la universidad queda desierta. De pronto vuelve a sonar el teléfono, atiende, dice unas palabras que no logro escuchar, y corta. Su mirada parece recobrar la energía consumida por las discusiones con Boludo y el inepto de su profesor.

Finalmente levanta las cosas del suelo, escupe de forma disimulada su chicle al lago, y muy discreta pero apurada empieza a caminar de regreso al interior del edificio, para desaparecer luego entre los largos pasillos que dan al estacionamiento. Así, sin darse cuenta deja caer del bolso un encendedor azul. Menos mal que no fumaba.