Fotos de la Noche de las Librerías que no me animé a sacar

18 Dec

Las luces de sábado por la noche en una capital de un país sureño ayudan a que la experiencia turística sea redonda cuando hacen su aparición bajo un cielo sin estrellas que se alza inalcanzable por las construcciones más altas y viejas de la ciudad. Nada como el cosmopolitismo tercermundista, donde el ritmo acelerado de la clase pudiente que va de acá para allá despilfarrando dinero, se mezcla con el retrato de los desgraciados miserables, que dan a esta tierra el toque savage que todo gringou busca fotografiar en sus viajes por lugares exóticos, o sea, el resto de América.

Buenos Aires parece estar de fiesta. Al menos esa es la sensación que deja una de las avenidas principales del centro, que entre el aire veraniego y vísperas de navidad, permanece cortada y no precisamente por manifestantes que buscan exteriorizar alguna indignación.

Se festejan los libros, la industria editorial, el arte, y en una versión romantizada, por qué no, el conocimiento. Un sábado en la vida en que está de moda ser culto, y es cool usar anteojos y ser nerd. Corrientes peatonalizada, con sus luces, y su música, y sus librerías con ofertas, y sus vendedores ambulantes, y sus restaurantes que desprenden el olor a pizza porteña, y extranjeros perfumados que contrastan con los adolescentes en bermudas y ojotas, paraliza el tiempo en una burbuja y da la sensación de que nada podría estar mejor, porque todo está perfecto.

El tema en cuestión es lo que pasa en las calles aledañas, oscuras, vacías, silenciadas por la soledad, por los ojos acostumbrados a la decadencia del otro, a la basura amontonada en la esquina de la vuelta.

Llamálo Juan, Alberto, Pablo, como quieras. Total, está solo en un lugar donde el anonimato es moneda corriente, y no hay nadie que reclame su nombre, que honre la memoria de esa madre que desde antes de nacer decidió darle un poco de identidad, condicionando de cero la vida de un feto que evolucionaría en este cuerpo robusto que yace tirado en el piso. Tal vez ni él lo sepa, víctima de la desolación destructora. 

Permanece acostado, cruzado de piernas, con una campera verde que usa de almohada. No hay ni una sábana ni una lona, ni nada que separe su cuerpo del suelo pisado por tantos caminantes a lo largo del día. Será que todavía no compite en ligas mayores, ni tiene un televisor que le permita hacerse conocido en los diarios, quién sabe. Los autos pasan y algunos piensan en el pobre hombre que se encuentra vulnerable a un costado. ¿No tiene un amigo que le preste un techo, un familiar, un conocido? ¿será elección propia?, ¿quién puede elegir dormir en la calle, con todos esos insectos, los mosquitos violadores, y tantos depravados sueltos por ahí?

Eso sí, siempre hay monedas para mantener el vicio. Con los ojos cerrados, busca desesperadamente en los bolsillos del pantalón la caja que contiene ese último cigarrillo que le da la paz necesaria para dormir tan públicamente. Juan, Alberto, Pablo o como quieras que se llame no es el único que vive esta realidad desgarradora que para muchos es un decorado más de una típica urbe latinoamericana.

Y mientras él intenta dormir, la fiesta en Corrientes recién empieza. Hay hombres disfrazados de personajes que parecen haber salido de Star Wars —llamados cosplayers— músicos afinando sus instrumentos con total tranquilidad, mujeres con vestimenta tolkienista leen cuentos en voz alta a personas que tal vez ni escuchan, pero que están ahí porque tienen a su disposición unos sillones blancos en el medio de la calle en donde pueden tirarse a descansar o hablar, o a hacer lo que quieran pero sentados, un dj pasando música que soundtrackea una improvisación de escritura, la cual los organizadores gustan llamar “jam” — y acá es donde una se entera de que esta palabra excede el vocabulario jazzístico, musical— estatuas vivientes, dibujantes que reclaman derechos y pintan la calle con tizas de colores, y muchas, muchas cosas copadas más.

Lo de las ofertas es relativo. Las grandes librerías mantienen sus grandes precios y las otras, no bajan mucho más de los que sus libros cuestan el resto de los días. El secreto no está en la oferta prometida en carteles amarillos, sino en la capacidad del comprador de encontrar entre tantos árboles muertos, el tesoro que seguramente no andaba buscando. Y así aparecen verdaderas reliquias como libros de Rilke a 15 pesos, o las Obras Selectas de Apollinaire a 20.

Pero bueno. La noche pasa rápido y en un abrir y cerrar de ojos, son las dos de la mañana, la princesa vuelve a ser cenicienta, y las cosas vuelven a la normalidad. Los vendedores ambulantes deben levantar campamento con total rapidez, porque ni tiempo tuvieron de mover sus mercancía que ya estaban de vuelta los autos pasando por la avenida por tantas horas cortada, en parte culpable del tránsito de ese día. Las luces empiezan a apagarse, la música se corta, y los empleados de los restaurantes esperan a que se vayan los últimos clientes que quedan para poder cerrar las puertas e irse a dormir de una vez por todas.

En uno de ellos hay sobre la vereda unas mesas ocupadas por extranjeros con acento colombiano que están terminando de comer, y que con el plato todavía lleno de carne — no iban a venir a este país a comer arroz con pollo, claro—piden la cuenta, y en lo que esperan al mozo, siguen hablando, interrumpiendose entre todos, sordos por conveniencia, y entonces ven a un chico de no más de diez años, descalzo con un sandwich en la mano, acercarse a una de las mujeres tan finas, y extender su brazo para pedirle unas monedas porque tiene hambre. Ninguno de los presentes lo mira a los ojos, actúan como si el pobre fuese invisible, y siguen en esa charla donde nadie escucha a nadie y todos hablan con todos.

Pero el chico insiste, una monedita por favor, y entonces el mozo, que se acerca a cobrar, le dice pibe andate, y ante la firmeza del menor decide agarrarlo por los pelos, y llevárselo de escena, no vaya a ser cosa que espantemos a los turistas. Entonces Juan, Alberto, Pablo o como quieras que se llame, treinta años menor, agacha la cabeza y sigue su camino, sin rumbo pero con instinto hambriento de lo que sea que consiga callar el estómago rugiente.

Para su suerte, a pocas cuadras un hombre está improvisando una cama en una de esas calles aledañas, y conmovido por el trato del lamehuevosdeextranjero, y la indiferencia de quienes cargan con tantas bolsas en sus manos — qué lectores que somos— saca de su mochila un monedero y le da al pibe unos pesos.

No sé si alcance para comprar otro sandwich, pero fue suficiente para arrancarle una sonrisa aunque sea por un segundo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: