Archive | October, 2013

Crítica: Aires de provincia

7 Oct

 

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Título: El viento que arrasa

Autor: Selva Almada

Editorial: Mardulce

Género: Ficción

Páginas: 160

Precio: $ 85

“El hombre mayor, a quien su padre le presentó como el señor Brauer, era un tipo muy alto, con unos bigotes colorados con forma de herradura que le bajaban casi hasta el mentón, vestía unos vaqueros engrasados y una camisa abierta en el pecho”.

 

Pareciera ser una traducción de algún libro de un autor estadounidense que cuenta una historia  ambientada en el sur de su país. El Viento que arrasa, la primera novela de la entrerriana Selva Almada es un viaje lleno de flashbacks, en donde dos mundos aparentemente distintos chocan para finalmente alinearse en la misma sintonía.

 

El Reverendo Pearson y su hija Leni, de 16 años, viajan al norte de Argentina para encontrarse con un viejo amigo del religioso. En el medio del camino su auto se descompone y es llevado al taller del Gringo Brauer, un mecánico que tiene a su cuidado a Tapioca, un niño de la misma edad que la hija del Reverendo.

 

La historia, que comienza y termina en ese sólo día, tiene como punto fuerte los diálogos que entablan sus personajes. La tormenta que se avecina anuncia la explosión de la tensión acumulada a lo largo del relato entre el Gringo y el Reverendo, quien quiere llevarse en el viaje a Tapioca porque considera que el joven es el indicado a “seguir el camino de Dios”. Cuando finalmente se larga a llover, la diplomacia se hace a un lado para dar lugar a una  hilarante batalla campal entre estos dos personajes.

 

Hay en El Viento que arrasa recuerdos de ruta de la autora, donde infancia y adolescencia dejan entrever aires del interior, de climas cálidos en medio del silencio. Literatura de provincia, si es que esa categoría existe. Y en el medio de los recuerdos, del calor que sofoca, los autos que se apilan en un rincón, entre un surtidor de combustible y muchísima tierra, el viento. El viento aglutinante del ayer y el hoy. En un lugar donde no parece pasar nunca nada, donde todos miran para atrás, el viento avanza: capaz de llevarse las palabras, de “envolver todo en un sopor infernal”, de “propagar el fuego que arrasará el mundo con el amor de Jesús”, el viento que trae canciones, el viento que cambia y anuncia la tormenta y te deja en la soledad.

 

Los dos hombres aparentan ser diferentes pero están unidos en más de un sentido: en recuerdos de muerte, en el abandono, unidos en creencias -el Gringo ferviente adepto a la naturaleza y sus leyes, el Reverendo a la religión- pero creencias al fin, alejados de alguna manera, a la única persona que tienen consigo. Intercala la historia con discursos del Reverendo, de una épica discursiva digna del gran orador que se jacta ser; ahí toca temas como la violencia doméstica, alcoholismo, la enfermedad y deja asomar la doble moral que muchas veces está presente en la Iglesia.

 

El narrador omnisciente busca inmiscuirse en la psiquis de cada personaje y adoptar su propio lenguaje, aunque más no sea con una sola expresión que se reitera a lo largo del relato. Cuenta los hechos en tercera persona pero con la voz de ellos, sus modismos al punto de convertirse de cierta forma en el pensamiento del personaje mismo.

 

Un lenguaje neutro (falda, sudor) que lleva la lectura a un plano donde la geografía del lugar donde se sitúa la historia no tiene nombre propio sino que puede ser en cualquier lado del mundo donde se presenta el mismo escenario.

 

Elegido el libro del año en el 2012 por la Revista Ñ, El Viento que arrasa ofrece una literatura rural que hacía tiempo no hacía eco en las librerías. Hasta hoy.

Panamericana

5 Oct
La rectitud del camino gris hacia la anulación del sentido, y el tiempo que pasa lento, no le importa aburrir.
Y en ese inapropiado sueño que asoma justo cuando te va a cerrar los ojos en medio de la ruta pisoteada por la rutina indiferente hay un programador que se solidariza con tu voluntad expropiada y te hace escuchar un Here comes the sun beatlero que te transporta a primaveras pasadas, llenas de color, a un Moby vestido de astronauta, a tiempos sin tiempo, sin responsabilidades más que reir mucho y pasarla bien, cuando decir boludo era mala palabra y el amor se inmiscuía en miradas fugaces de delantales verdes, en guiños de recreos llenos de alfajor con cindor, tan transparente y real.Entonces pasás por debajo del puente rojo y sabés que lo que viene después es más de lo mismo, querés escapar, retroceder, volver al punto cero de los primeros pasos, pero una fuerza mayor se interpone para encerrarte en la mañana lluviosa que solo reduce tus ansias a un café bien caliente y un corte de luz.