#enelcronicasmuseisticasdehoy

29 Jan

veterano

Los ojos del hombre viejo brillan al punto previo de quebrar. Claudia lo mira de reojo, contempla la escena y también se emociona. Su marido Carlos les saca fotos mientras el viejo intenta captar alguna que otra palabra en español. No entiende nada de lo que dice la guía pero sonríe porque está en el lugar que quiere estar. El escenario es el mismo de siempre, el de inagotables historias que quedan guardadas en cada partícula de aire. Turistas por todos lados, diez argentinos, seis brasileños, dos ingleses y él. La Bombonera se impone tan verde tan compacta, tan mítica frente la mirada de todos.

Un puente de amor y paz, dirán más tarde.

El viejo se hizo de Boca mucho antes de que Argentina fuese casi una mala palabra para alguno de los suyos. Un insulto a la identidad. Cayó en la Bombonera de casualidad -un amigo había conseguido entradas a un partido y él fue casi obligado- y desde entonces supo que si había un equipo en el mundo al que quería idolatrar ese iba a ser el del Tano Pernía en el 74. La muerte de Cristo era el inicio de su devoción. Tiempo antes de que Argentina fuese una herida abierta que comenzara a cerrar muchos años después.

Y ahora los ves a los tres sonrientes. Claudia y Carlos, los argentinos que traen al viejo turista de habla inglesa a su puente de amor. Al testigo de su casamiento. Al viejo kelper. Al viejo estanciero que en plena guerra de Malvinas no le tembló la mano cuando rescató de la calle al médico argentino Alberto Phillipi. Y se aguantó las críticas de sus pares por refugiarlo en su casa. Ellos cuentan su historia una y otra vez porque al repetirla el pasado duele menos.
Cuando Carlos abandonó las Islas se prometió volver. Juró no odiarlas por dejar en el camino a más de un amigo, por cambiar su juventud de asados domingueros en familia y después cancha por el olor a pólvora y carne quemada. Y por eso le pidió a Claudia casarse allá, aunque los trámites parecieran no tener fin. Y así se convirtieron en los primeros argentinos en casarse en las Islas Malvinas.

Gracias a internet la pareja se contactó con Tony Blake, el viejo que ahora se saca fotos con la Copa Libertadores y sonríe y es un bostero más en su casa. Carlos le contó que se había emocionado con la historia del médico argentino, que era veterano de la guerra y que sería un honor para él y su mujer que él fuese parte de la construcción del mejor recuerdo.

Tony aceptó sin saber que Carlos también era bostero y que hoy estaría cumpliendo su sueño, el de reencontrarse con esa parte de Argentina previa al caos, con el despertar de una pasión.
Y ahora nos ves a todos ahí. La guía -será que el retiro de Riquelme me tira a hablar de mí en tercera persona- poniendo en palabras eso que Tony sintió en el 74. Con la lluvia que potencia la euforia. Los brasileños que escuchan con atención ese pedazo de historia argentina nefasta y por una vez la discusión de Pelé-Maradona parece perder sentido, los argentinos que amagan con llorar también, los chicos ingleses que como yo, vivimos la Guerra de Malvinas a través de nuestros padres, a través de libros escritos, de relatos subjetivos cargados de dolor, de culpas derivadas. Y Carlos que no para de sonreir. Que no tiene una pizca de bronca en sus ojos negros.

Cada uno con su pasado. Con sus heridas abiertas. Con cicatrices que por momentos parecen cerrar. Mirándonos a los ojos. Contando hasta tres. Gritando un gol que resuena en la Bombonera. Las manos estiradas en alto. Y dale y Dale y Dale boca Dale. Y dale y dale y dale Boca dale, Y dale y Dale y dale Boca Dale. Tony lo hace lento. No porque sus 74 años no le permitan agitar. No porque la pronunciación argentina le cueste un poco. Mueve los brazos lentos como queriendo alentar a Boca para siempre. Como queriendo captar en la memoria este momento en el que tengo la suerte de ser testigo. Una cámara lenta que registra cada movimiento. Argentinos, ingleses, brasileños, kelpers pateando al mismo arco azul y amarillo.El mejor puente de amor y paz.

En el #cronicasmuseisticas de hoy: porque a veces podemos ser cursi

Los ojos del hombre viejo brillan al punto previo de quebrar. Claudia lo mira de reojo, contempla la escena y también se emociona. Su marido Carlos les saca fotos mientras el viejo intenta captar alguna que otra palabra en español. No entiende nada de lo que dice la guía pero sonríe porque está en el lugar que quiere estar. El escenario es el mismo de siempre, el de inagotables historias que quedan guardadas en cada partícula de aire. Turistas por todos lados, diez argentinos, seis brasileños, dos ingleses y él. La Bombonera se impone tan verde tan compacta, tan mítica frente la mirada de todos.

Un puente de amor y paz, dirán más tarde.

El viejo se hizo de Boca mucho antes de que Argentina fuese casi una mala palabra para alguno de los suyos. Un insulto a la identidad. Cayó en la Bombonera de casualidad -un amigo había conseguido entradas a un partido y él fue casi obligado- y desde entonces supo que si había un equipo en el mundo al que quería idolatrar ese iba a ser el del Tano Pernía en el 74. La muerte de Cristo era el inicio de su devoción. Tiempo antes de que Argentina fuese una herida abierta que comenzara a cerrar muchos años después.

Y ahora los ves a los tres sonrientes. Claudia y Carlos, los argentinos que traen al viejo turista de habla inglesa a su puente de amor. Al testigo de su casamiento. Al viejo kelper. Al viejo estanciero que en plena guerra de Malvinas no le tembló la mano cuando rescató de la calle al médico argentino Alberto Phillipi. Y se aguantó las críticas de sus pares por refugiarlo en su casa. Ellos cuentan su historia una y otra vez porque al repetirla el pasado duele menos. 
 Cuando Carlos abandonó las Islas se prometió volver. Juró no odiarlas por dejar en el camino a más de un amigo, por cambiar su juventud de asados domingueros en familia y después cancha por el olor a pólvora y carne quemada. Y por eso le pidió a Claudia casarse allá, aunque los trámites parecieran no tener fin. Y así se convirtieron en los primeros argentinos en casarse en las Islas Malvinas.

Gracias a internet la pareja se contactó con Tony Blake, el viejo que ahora se saca fotos con la Copa Libertadores y sonríe y es un bostero más en su casa. Carlos le contó que se había emocionado con la historia del médico argentino, que era veterano de la guerra y que sería un honor para él y su mujer que él fuese parte de la construcción del mejor recuerdo.

Tony aceptó sin saber que Carlos también era bostero y que hoy estaría cumpliendo su sueño, el de reencontrarse con esa parte de Argentina previa al caos, con el despertar de una pasión.
Y ahora nos ves a todos ahí. La guía -será que el retiro de Riquelme me tira a hablar de mí en tercera persona- poniendo en palabras eso que Tony sintió en el 74. Con la lluvia que potencia la euforia. Los brasileños que escuchan con atención ese pedazo de historia argentina nefasta y por una vez la discusión de Pelé-Maradona parece perder sentido, los argentinos que amagan con llorar también, los  chicos ingleses que como yo, vivimos la Guerra de Malvinas a través de nuestros padres, a través de libros escritos, de relatos subjetivos cargados de dolor, de culpas derivadas. Y Carlos que no para de sonreir. Que no tiene una pizca de bronca en sus ojos negros.

Cada uno con su pasado. Con sus heridas abiertas. Con cicatrices que por momentos parecen cerrar. Mirándonos a los ojos. Contando hasta tres. Gritando un gol que resuena en la Bombonera. Las manos estiradas en alto. Y dale y Dale y Dale boca Dale. Y dale y dale y dale Boca dale, Y dale y Dale y dale Boca Dale. Tony lo hace lento. No porque sus 74 años no le permitan agitar. No porque la pronunciación argentina le cueste un poco. Mueve los brazos lentos como queriendo alentar a Boca para siempre. Como queriendo captar en la memoria este momento en el que tengo la suerte de ser testigo. Una cámara lenta que registra cada movimiento. Argentinos, ingleses, brasileños, kelpers pateando al mismo arco azul y amarillo.El mejor puente de amor y paz.

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