Perfil Oscar Laudonio: Podrán imitarlo, igualarlo jamás

15 Sep

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Es el utilero más querido en la historia de Boca Juniors. Conocido como “El Loco Banderita”, los domingos de local agita la bandera, anunciando la salida del equipo a la cancha. Pero más allá de Boca, Cacho Laudonio se desvive por otra pasión: el box

La historia es así. Cacho Laudonio es un veinteañero que  empieza a boxear en Villa Urquiza, viaja a Europa, gana cinco peleas por nocaut, una por un punto, pierde otra por abandono, en Madrid le piden que sea sparring de Davey Moore, quien vence al español Fred Galiana y en agradecimiento le regala 20 dólares, una camisa celeste, un par de zapatos, y una invitación a seguir su carrera como boxeador en Estados Unidos. Como dicen por ahí, tiene todo un futuro por delante.

Aunque tal vez no sea el que él espera.

 

***
Pasó medio siglo de aquellos tiempos dorados. Son las once de la mañana de un jueves nublado y Casa Amarilla se llena de movileros que cubren el entrenamiento de Boca Juniors. La rutina es siempre la misma: los futbolistas patean la pelota, los dirigentes observan cada movimiento, los socios esperan sacarse alguna foto, y él acomoda unas botellas de alguna bebida energizante en un carrito.

Terminada la práctica de fútbol, se sienta junto a mí en un quincho donde se ubican los camarógrafos de distintos medios. Vengo en busca del personaje, y me encuentro con el hombre vulnerable, despojado de su habitual papel, que pasa hoy inadvertido; será porque las cámaras siempre enfocan su alterego, ese que hoy dejó en casa.

 

—Lamentablemente te lo tengo que decir porque vos no lo sabés; yo soy el ídolo de Leo Messi, el ídolo de Del Potro. Soy el ídolo de Maradona —me dice, mientras que con una mano saluda a un grupo de periodistas que se encuentran en el lugar.

 

—Cuando viene el Diego nos ponemos a boxear, porque él tiene locura por el boxeo.

 

Dicen que es un tipo humilde. Dicen que está loco. Un loco lindo, por qué no.

 

***
Domingo en la Bombonera. Faltan minutos para que el equipo salga a la cancha, pero antes aparece él, vestido con un traje suelto, azul y amarillo, compuesto de fotos de Perón, Los Simpson, y personajes míticos del club. Por unos minutos su función ya no será repartir botellas a los futbolistas, sino anunciar su llegada al campo de juego.

 

Cacho Laudonio se convierte así, en el Loco Banderita.

 

Desde 1991 se ubica el centro de la cancha cada vez que el equipo juega de local; Su traje va acompañado de una galera de los mismos colores, que termina por definir al personaje que es.  

 

Sostiene una bandera xeneize y empieza a recorrer el terreno con pasos de murga; sus 76 años apenas se notan. Camina hasta detenerse un rato en frente del arco que da a “La 12” y dirige desde ahí la orquesta de bombos y trompetas. Los medios lo fotografían y algún hincha infiltrado que anda por ahí, también. Es un ídolo más, y lo sabe.

 

Finalmente se para al lado del túnel por el que saldrán los once titulares. Entonces agita la bandera cada vez con más fuerza, y la gente entiende que es momento de preparar los papelitos, entonar la canción de siempre, inflar el pecho, y gritar, porque recién ahí sale Boca a la cancha. 

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Oscar Laudonio nació el 15 de septiembre de 1936. Como su padre era el barrendero de la Feria Municipal número 25 de Mendoza y Triunvirato, creció junto a sus ocho hermanos, entre puestos de frutas y verduras, donde trabajaban para ganarse algunos pesos. 

 

De chicos tanto él como su hermano Abel —dos años menor— seguían las peleas de José “Cucusa” Bruno, el campeón categoría pluma más famoso del barrio. Juntos empezaron a tomar clases en el Club Parque Chas, y así crecieron, presentándose en distintas exhibiciones que les dejaban algunas monedas de yapa. 

 

Sin embargo, los caminos de los hermanos se bifurcaron con el tiempo. Mientras el primero ganó una medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960, Cacho rechazó la invitación de Moore de viajar a Estados Unidos, porque su madre lo extrañaba. Continuó su carrera en Argentina, donde una derrota en Mar del Plata con Roberto Palavecino lo llevó a colgar los guantes y a cambiar su destino para siempre.

 

—Dije: si este me ganó es porque no sirvo.

 

Y a partir de ahí se dedicó a la enseñanza. Reparte su tiempo entre Boca y las clases de box en el Club Saber de Villa Urquiza. Cuenta que dirigió a Horacio Saldaño y a José María Gatica. Pareciera ser que presume ser el mejor entrenador del país, pero lejos de ostentar, lo cree desde los más profundo de su ser.

 

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Su corazón se vio siempre en medio del box y de Boca. Pasa la mayor parte de su tiempo en Casa Amarilla donde convive con dirigentes, jugadores y el resto de los trabajadores del club.

Desde chico Cacho iba a ver al equipo junto a la barra. Eso sí: nunca le tocó un pelo a nadie. Repudia la violencia y pone el respeto al prójimo ante todo, cualquiera sea el color de la camiseta. Alejado del ring, en 1985 empezó a trabajar en el club como controlador de entradas. De repente se saca la gorra —dejando a la luz su calvicie— , mira al cielo, hace la señal de la cruz, y me dice que fue el ya fallecido Antonio Alegre el presidente que lo acomodó en ese lugar. En 1990 empezó su camino como utilero, el mismo que recorre cada mañana, y un año después dio origen al personaje que terminaría por convertirlo en un símbolo del club.  Su otro yo, “El loco Banderita”, apodado así por el periodista Alejandro Fantino. A partir de ahí, se entregó en cuerpo y alma al club.

 

Mientras lo entrevisto, pasan caminando por detrás suyo dos jugadores de la Reserva. Uno de ellos me sonríe y me hace señas de que el hombre que me está hablando está loco. Todos  parecen coincidir en esto. Brian Flores, defensa central, se acerca y le saca la gorra de la cabeza. Dice que lo quieren mucho y que a veces se aprovechan porque saben que no puede responder con golpes: “yo voy al pabellón siete de Devoto, ¿quién me aguanta?”. Se queja de que no soporta más ni al Flaco Schiavi ni a Silva ni a Orión, quienes lo desvisten y lo tiran al tacho de basura, como muestra de afecto.

Dos semanas después del encuentro será entrevistado por TyC Sports, y las cámaras registrarán cómo dos futbolistas encapuchados lo obligan a salir corriendo. Se divierten molestándolo, y él se engancha en el juego, total su cuerpo atlético todavía lo permite. 

 

***
Domingo 19 de julio de 1953. Milton Eisenhower, el hermano del presidente de Estados Unidos David Eisenhower, se encuentra en el país, y para disfrazar la crisis económica Juan Domingo Perón lo invita al evento deportivo más turístico que pueda llegar a existir: el superclásico River-Boca. 

 

El Monumental es una fiesta.Terminado el primer tiempo, la cancha se convierte en un cuadrilátero que tiene a los hermanos boxeadores Oscar y Abel como protagonistas. La exhibición dura lo que dura el entretiempo, 15 minutos de fama donde se pregona lo popular como valor nacional. Todavía escucha los aplausos, se estremece.

 

Y lo anecdótico acá no es el gol de Roberto Rolando, que a cinco minutos de terminar el partido le dio el triunfo a Boca por 3-2, sino su encuentro con el General. Cuando se estaba retirando corrió hacia el palco donde se encontraba éste, se tropezó y cayó a sus pies; sacó de su bolsillo un pañuelo, le limpió los zapatos, y le pidió de regalo una bicicleta.

 

“Pedísela al chiquitito que está ahí con un sombrero”, le contestó, refiriéndose al Tano Renzi, secretario general de Acción Social.

 

—Perón fue lo máximo. Está dentro de mi corazón y dentro de mi sangre. Porque yo viví los momentos más hermosos con la querida Eva Duarte de Perón — mira al cielo— y lo que Perón nos dio a los pobres. Me dio cama, colchones, ropa, bicicleta, todo. Qué época maravillosa.

 

Y es por todo esto que el traje del Loco Banderita tiene fotos de él.

 

***

Laudonio no esquiva ninguna pregunta. Adorna sus respuestas con adjetivos como “apoteótico” y “maravilloso”, y cuando puede, aprovecha un momento para desempolvar algún recuerdo que enaltezca su figura; y para eso tiene anécdotas de sobra. Como la vez que viajó a Rosario envuelto en banderas; los tres viajes a Japón, el haber desfilado en la despedida de la selección en el 78 tras haberse infiltrado con su uniforme de Adidas.

 

De repente se apodera del grabador. Se agotó de repetir las mismas frases hechas de siempre, que sabe que se pueden escuchar en Youtube pero que igual disfruta contar con la oratoria épica de quien se siente héroe; que gracias a su querida esposa puede realizar el carnaval dentro de su corazón, que la mitad más tres cuartas partes de Latinoamérica espera su salida cada domingo bomboneril, que Boca es pasión de multitudes, que es ídolo de sus tres hijos, que enfrentó a Carlos Bianchi y le dijo que Boca iba a ganar en Japón sólo si lo llevaban a él, que está iluminado, que tiene historia sana, blanca como la nieve, que su traje es único, que siempre “le faltó 25 pal peso” y por eso le paga la leche a sus alumnos, que el cigarrillo y la droga arruinan a los jóvenes, que “hace pipí” en el árbol que quiere, que como dice la insignia patria: podrán imitarlo pero igualarlo jamás. Ahora no. En nombre del boxeo se ve en la necesidad de transmitir un mensaje; él, digno representante del gremio.

 

Grita. Los periodistas por primera vez parecen tomar en serio lo que dice; paran la oreja para escuchar atentamente su frustración. No puede ser que habiendo tantos buenos entrenadores en el boxeo, la selección argentina designe a un cubano para dirigirlos.

 

Se da cuenta de su exabrupto, suaviza el tono de voz, y dice que tiene un poder sobre sus manos, que si lo agarra Tinelli se hace nueve veces más multimillonario de lo que es. Lástima que ya lo tiene patentado. Fútbol matrimonial: “tres matrimonios contra tres, y el único gol valedero es el de la mujer”.

 

No le entiendo. Estoy a punto de preguntarle qué quiso decir, cuando se levanta de la silla y pronuncia la última frase que parece resumir la persona —no personaje— que es.

 

—Mirá si soy loco. Me dirán loco, pero no como vidrio.

 

Se da vuelta y hace a un lado su caballerosidad para responderle unos insultos a un periodista de un reconocido canal deportivo. Lo interrumpo unos segundos, le pido una foto.

 

Entonces Cacho Laudonio se para y se pone en guardia. Parece querer boxear. Pero no.

Sólo posa para la imagen inmaculada del púgil olvidado.

SÉ OTRA COSA.

6 Aug

Sé sed sé sed sé liana, diría Girondo y mucho más.

Sé eso que sos elevado a la milésima potencia de la juventud que empieza a mirarte de lejos, y pedís a gritos que vuelva, en vano se va.

Sé angustia, sé amor, venganza, contradicción. Sé ese pedazo de caca pisado con la punta de la zapatilla que tuviste que lavar. Sé muerte y volverás a nacer.

O el soplo en la nuca y su posterior escalofrío, ¿no ves que la la insignificancia está a la vuelta de la esquina?

Sé universo que contempla infinito las piezas de un ajedrez jugado por la invisibilidad del todo poderoso. La incertidumbre que genera buscar un sentido al accidente de la naturaleza que te tiene de pie.

Somos todos niños ante la inmensa eternidad, piensa tu cana que cae casi seductora sobre tu frente marchita.

Sé lo que no fuiste y borrarás los estigmas que te crucifican hace tiempo. El llanto del bebé que pide por la teta, la sonrisa de la primera macana.

Puede que así te humanices un poco y dejes de mirarme con esa cara de nada digna de vomitar.

El camino puede ser largo o corto, la desintegración, inevitable. Volver al origen, origenizar, desorigenizar y volver a origenizar, la piedra flota igual que el árbol. Al fin y al cabo somos hormigas motorizadas, energía que se transforma según las leyes de no se quién.

Sé la madre que llora por su hijo, la pelota que se pincha por el perro juguetón.

Despersonificate en busca de tu esencia, tal vez así entiendas más allá de.

Sé esto, o eso, sé otra cosa pero sé; veinte pasos al costado de la silla con aires de trono que te apropiaste, sedimentando indiferencia ante el constante dolor.

 

Nostalgia de no ser

28 Mar

Y de a poco te desvaneciste en el aire del olvido, liviano te dejaste volar hacia un dos por cuatro engominado y gris.
Así, desaparecieron los efectos nocivos de tu dosis constante, ante la ausencia de un todo, el punto final.
Ni la sonrisa es la huella que persigue la memoria ni la huella es el deseo de dejarnos morir. Perdimos las Pisadas para poder encontrarnos en nuestra soledad
y ahora caímos en la indiferencia nunca esperada de convertirnos en piedra, de hacer de abrazos jaulas asfixiantes.
Y la palabra amor, con la que tanto nos abanderábamos, se despersonifica al ritmo vertiginoso de la cadencia humana. Hoy si, mañana no. Pasado, tal vez
O nunca. Para siempre, se terminó.
Quién sos, para quién dónde cuándo
ya me olvidé.

Indago. Busco en el recuerdo tu tacto. Busco en el recuerdo del recuerdo aquel tacto cálido, hoy lejano y frío.

No encuentro nada, quién diría
ya se extinguió.

Noche.

5 Mar

En algún lugar recóndito de la ciudad dormida, una mujer suspira en una cama demasiado grande. Son las cuatro de la mañana y tiene los ojos abiertos. Afuera, a pocas cuadras del lugar en cuestión, un vagabundo se rasca la barba que lo asemeja a Dios, y recita un poema de un escritor olvidado. Si alguien pasara por ahí, no dudaría en pensar que el hombre está loco, pero claro, son las cuatro de lamañana, y no hay nadie que camine al lado suyo, ignorándolo como se estila hacer con estos personajes, que anteceden a Cristo, y a los dinosaurios seguramente también. 

La mujer se llama Carla e imagina historias con el amor que no le corresponde. Sabe que sólo de esa forma pueden existir. Se consuela en pensar que el universo tiene el color del café con leche, y entonces puede ver la luz. Afuera, el cielo sigue negro, como el invierno pasado, y el antepasado y el de mañana y pasado mañana, y así, uf, cuántos círculos.

El vagabundo continúa, verso tras verso, en ese estado de orador público, donde las palabras van siempre acompañadas de los gestos más exuberantes. Habla para no volverse loco, para no reventar por culpa del silencio, el frío, la oscuridad y las ratas deambulantes. ¿Qué pasó con la canción de cuna, con su madre y Miguel, su oso de peluche preferido? ¿Dónde quedó el olor a pan recién horneado, a mañana del domingo? ¿en un cajón lleno de polvo con olor a naftalina?, ¿en la línea del tiempo, en la vaguedad de la memoria? Hace sesenta años era persona, y ahora piensa en el brillo de la mirada del pequeño que nunca fue, en el poeta frustrado seductor de tantas mujeres, dueño de ningún corazón. Hasta que se queda dormido. Solo, debajo de un puente.

Hay algo en la noche. Algo perturbador en las noches de las almas que agonizan sin que se den cuenta. Y más en los lugares recónditos, donde las soledades se refugian en sus paredes herméticas en vez de salir a consolarse unas con otras. 

Ser bohemio en tiempos capitalistas no es nada fácil. Hippie tampoco. Pero mucho más difícil es ser viejo y poeta y frustrado, y dormir en la calle e intentar recordar versos ajenos porque nunca tuvo tiempo de crear los propios. Es que era mejor dejarlos vivir en alguien más. En un ser desconocido, un amigo momentáneo, fugaz. La noche. Los días de la noche, y la noche de las horas. Oscuridad. El poeta ronca y babea el suelo sin preocupación alguna. En unas horas va a asomar el sol y él se va a sentar con su libreta a atrapar las palabras que vuelan por el aire. El ejercicio dura unos minutos, hasta que algún transeúnte lo registra y le da unas monedas a cambio de su arte. Tal vez pase alguna muchacha, que le recuerde el adolescente que sí pudo ser; lleno de excesos, como manda el oficio. Tal vez la muchacha le devuelva el brillo a los ojos del niño que nunca fue, y a cambio sea él quien le regale el papel escrito. No importa el destinatario. Captura las palabras del aire y al poco tiempo las vuelve a soltar. No vaya a ser cosa que las ancle y esclavice, que les saque el derecho a volar con su compañero el viento.

Y llega la mañana.
Las calles se despiertan, se llenan de personas, hormigas del universo caféconlecheístico. Aman, discuten, trabajan, comen, toman mate, se higienizan, se distraen en un parque, se drogan, cantan, transitan. Se despersonifican, marchan adelante. y ellos vuelven a ser dos más en el mundo que los mira indiferente. Son un vagabundo más en un lugar recóndito, que es cualquier lado, a la vuelta de tu esquina, y una mujer con el corazón roto, de las millones que existen, existieron y van a nacer. 

Es lo que hay. Pero también hay algo en el aire que atraviesa sus sentidos y los obliga a levantarse para empezar un día más, dispuestos a revertir su suerte. El poeta piensa y las palabras son lo único que tengo, permítanme ser su padre, que las voy a cuidar.

Volvamos al ego en busca de la felicidad propia. Perpetuémonos en la gloria del haberlo intentado.

Carla piensa y yo te digo que estamos conectados por un hilo transparente que atrae nuestros cuerpos, imanes en campos sesgados por lo que llámese civilización.
Super Yo. Antihéroe. Seamos estrellas en un cielo infinito, el punto plateado, brújula de navegantes de la vida. Seamos tripulantes del barco. Seamos todo y nada. y todo de vuelta.

Y entonces cae la noche fría al precipicio de la locura. Poco importa que naveguemos en calles desiertas si al final del camino nos espera un abrazo, la cama, y una taza de té.

Paralelismo cero

11 Feb

Una noche, de esas en las que apenas sopla el viento —¿sopla?— y los mosquitos están como locos sedientos de sangre, una noche de esas en las que el silencio aturde los oídos de quien intenta dormir, una noche de esas en que las sábanas terminan en el piso por los movimientos que buscan combatir el calor, en una noche de esas en que los autos pasan de largo el semáforo en rojo porque es tarde y hay que volver a casa antes de que se largue a llover, en una noche de esas, apareciste en mi mente sin siquiera tocar la puerta o pedir permiso. Pero bueno. Recuerdos. Imágenes plasmadas en blanco y negro , otras pocas en HD. Recuerdos de recuerdos y nuestras mentes que inventan historias para los vacíos inexplicables.

 

Después de todo, son ellos los que nos conectan en nuestra vasta imaginación.

 

Lo real es lo que no existe y quisiéramos palpar. Estás ahí, tan cerca y transparente  en la decadencia humana, tan lejos en tu actual perfección. Resignarse. Costumbre de aquellos que perdemos por goleada. Por qué. Nacemos para ser el tercero en discordia de un quinto o un séptimo elevado a la milésima potencia. Y sin embargo, damos el paso al costado, y nos sentamos en la banquina a mirar el cielo sin nubes, siempre el mismo cielo, el que escucha y entiende sin que pronunciemos una palabra. Una pausa tranquilizante y nos encaminamos de nuevo a la misma piedra que espera firme una nueva caída: un paso adelante, dos atrás, veinte al costado y uno a la derecha. Pasos. Un camino sobre huellas que es mejor esquivar.

 

 

Y los olores. El pasto recién cortado, la lluvia que se evapora al tocar el asfalto caliente, el bosque que arde en llamas propagadas, el café con tostadas de la mañana, el asado del mediodía, y tu ausencia gradual.

 

Entonces decime por qué. Por qué llegás como si nada y penentrás con tanta furia la conciencia desconocida, el presente que no te extraña, si total a los pocos minutos volvés a tu vida, esa que no me pertenece ni en un cero coma cinco por ciento, la que existe y no es real.

 

Esto es así. Puede que te empuje al abismo del olvido perpetuo en menos de un segundo, y desaparezcas para siempre. Y ahí puede que en medio de un pensamiento insignificante tuyo, la bermuda de Boca, o el pantalón de jean, seas vos el que esta vez se vea invadido por las fotos mentales de mundos yuxtapuestos. Tal vez abras los ojos, y esperes a que nuestras paralelas se crucen en el infinito. Me parece bien. Paciencia sobra, lo que no tenemos es tiempo.

Nocturno

28 Jan

Me despierta el murmullo de un canto desaforado. La agonía del éxtasis de dos cuerpos en sintonía. Afuera, el aire caliente moja a los locos con frío, no hay destello de luz que paute el inicio de nada.

Me despierta la calma de los que recién se duermen. Hay algo oscuro en la contemplación de los ojos cerrados. Cansancio. Eternidad. 
Silencio sublime del tiempo, que suspendido en la rutina cromática del reloj, vuelve siempre al mismo cero.

Sin lógica

25 Jan

No hay explicación lógica para la mezcla que convulsiona el estómago y sube rasposa, como jugo gástrico, para luego ser expulsada del cuerpo en el momento más inoportuno. No hay explicación lógica para el deseo más oscuro que enciende las hormonas y deriva en un vómito verborrágico de posterior arrepentimiento. Hay sentido, persuasión de mala compañía.

Es obra del verano que desnuda hasta la más transparente tela que nos discreta. Son las altas temperaturas que levantan la piel para ver nacer una nueva, impúdica, insolente. Retrocedemos años, si es que se puede rejuvenecer. Y en el fondo, nos gusta.

Por ahí jugamos pulseadas estrambóticas que nos ganan de mano en este constante desafío de tambalearse en la cornisa invisible del respeto al otro. Qué te pasa che, es bastante común. Tan común como comer helado de limón en invierno, ¿no te pasa?

Dale, sacate las zapatillas y caminá descalzo por el pasto amarillo. Quemate con la mirada del paisaje corroído, que hasta hace poco fue verde. Sí, pasa. 

Como las nubes que forman dibujos abstractos y son interpretados en distintas partes del mundo. Porque el cielo es el mismo techo aglutinante de nuestra mortandad. Shhh. Hablá despacio que las hormigas duermen.

Dale, vení. Desatate los cordones de la adultez y andemos en el triciclo mental, como las hojas del árbol de al lado, que bailan coordinadas por el viento de la tarde. Después de todo, si en el fondo no existimos y sólo somos parte del viaje onírico de un dinosaurio futuro, al menos tenemos la certeza de que intentamos llegar. Porque llenamos de sinsentido la luna gris que era vacía y le dimos el olor de la tranquilidad mañanera, contenedora de tantas respuestas enigmáticas. O preguntas estúpidas, dormidas en el silencio, también pasa, y lo sabés.

Así que poné atención.En unas horas, acostado en ese pasto negro, vas a alzar la vista para señalarla y sonreír. No hay explicación lógica, no pierdas tiempo en buscarla.

Sí. Claro.

Es obra del verano que nos vuelca la melancolía en sus horas y nos romantiza en nuestra soledad momentánea de espíritu bohemio.